viernes, 22 de octubre de 2010

Hasta la última cabeza



Fueron 70 días. 33 mineros atrapados a 622 metros bajo la tierra, que pese a la distancia, nunca estuvieron solos. Un payaso, un joven cantante que dejó todo por ayudar y la numerosa presencia de medios de comunicación de todas partes del mundo, fueron parte de una hostilidad que duró 69 días ya que el último, sólo fue alegría.
El camarógrafo de un medio chileno lo obligaba a posar de lado, un poco más abajo o mejor a la derecha. Le pide una y otra vez que se presente, pero no así, no como lo está haciendo. Finalmente, la cámara comienza a grabar a Víctor Parra, un joven de 17 años, de notorios rasgos aimaras, con una sonrisa humilde que destacaba sus grandes y desordenados dientes blancos, color que resalta por su piel oscura y su pelo liso y negro, brillante por la intensidad de un sol sofocante que hace fruncir el seño a Víctor para que pueda mirar bien al periodista que le entrevista.
Ambos están en un pequeño monte de la árida mina San José de Copiapó, ubicada en la tercera región de Chile, el lugar donde han permanecido atrapados desde el 5 de agosto los 33 mineros. Víctor Parra está sentado sobre las piedras calientes y delante de él, una bandera chilena con el nombre de cada minero enterrado a 622 metros de profundidad, debido al derrumbe en una mina que desde el 2004 acumula 42 multas por incumplimiento de normas de seguridad, han sufrido la muerte de tres trabajadores en derrumbes de distintas épocas y la amputación de una pierna a otro de ellos.
Sus propietarios, Marcelo Kemeny y Alejandro Bohn, de la “Minera San Esteban”, según familiares, aún no han pedido disculpa ni mucho menos, han ofrecido una solución. Todo indica que la empresa cerrará y que 300 trabajadores quedarán sin trabajo.
Luego de las indicaciones del camarógrafo, Parra se presenta: “Bueno, yo soy Víctor Parra e inventé una canción para nuestros 33 hermanos mineros. Esta canción está en primera persona ya que habla como si yo fuera el minero número 34, es bastante empática y para ustedes va con mucho cariño”. De inmediato comienza a rasgar imperfectamente su guitarra, pero a los pocos segundos, a ese sonido amateur lo acompañó una voz dominante, afinada y tan fuerte como para ser escuchada en la profundidad de la mina:

Ese sol que alumbra sobre mí, me da fuerzas para seguir aquí.
Con mis manos llevaré a mi hogar, el sustento del trabajo que hice allí.
Pero en aquel día como otros, no fue igual, todo oscureció.
Una niebla espesa sin retorno, con 33 amigos me inundó.
Cómo puedo estar aquí, si mi familia espera por mí.
Pero no me rendiré, con fuerzas yo me mantendré de pié.

El parque más concurrido

45 kilómetros al noroeste de Copiapó, capital de la Región de Atacama, en el desierto más seco del mundo, está la mina San José, lugar que durante 70 días ha acaparado la atención de todo el mundo.
El día del rescate, el control policial es estricto. Tres barreras hay que superar para llegar a la mina, y cada una más difícil que la anterior. El serpenteante camino de tierra concluye en el último eslabón, el que se sobrepasaba únicamente con credencial en mano, ya sea de “familiar”, “rescatistas” o “prensa”. Ya adentro se respiraba un aire distinto, como si esa muralla invisible que era la última barrera policial, separase dos ambientes, con ruidos, olores y colores distintos. El de antes, rutinario, pasivo y desértico. El segundo, el mismo desierto, pero tapizado en banderas de Palestina, España, Argentina, Bolivia, Chile, Canadá, México y Marruecos.
También hay carpas que sirven de comedores comunales, estantes con las fotos y mensajes de apoyo para cada uno de los enterrados, antenas de televisión y móviles de las cadenas más grandes del mundo. El búnker de la BBC, al lado de un pequeño puesto de un grupo de radio aficionados locales. El ruido de los generadores de corriente eléctrica, los helicópteros que aterrizan y despegan sin tregua, las barreras de contención, el campamento Esperanza, donde duermen las familias directas de los mineros, son los matices más destacados del entorno.
Sobre los cerros, la policía custodia a caballo por si alguien intenta pasarse de listo y quisiera entrar a la mina desde una zona alternativa. Desde las alturas se puede ver además al enorme grupo de periodistas con cámaras que, a punta de golpes, corren en grupos a medida que aparece alguna autoridad con una noticia nueva. Más abajo, un payaso entretiene con globos y bromas a los niños que recién salían de “La Sala”, una escuelita para los hijos de mineros que abandonaron por obligación sus colegios. Al costado, otros pequeños persiguen una pelota de fútbol y una joven quinceañera se divierte sobre la moto de un policía que amablemente le daba un paseo.
En medio del jolgorio, una pantalla gigante emite transmisiones en vivo de un canal noticioso local. La voz relata los detalles del 12 de octubre en la mañana, a pocas horas del rescate que sacó a tierra a los 33 mineros. Tras el monótono tono de voz de los reporteros, que solo se distinguen por el idioma, camina con un encendedor en la mano, David, hermano del minero Mario Sepúlveda, más conocido como Súper Mario, un hombre extrovertido e inquieto. “Trato de prenderle una vela a mi hermano”, dice mientras el viento frustra su noveno intento. Al instante se detiene y sigue: “En verdad yo no sabría decir en qué lugar saldrá Mario… Yo no lo veo hace tiempo ¿sabe? Porque el lleva tres años trabajando en la mina y la verdad de las cosas es que no nos hemos visto casi nada. Con esto nos vamos a unir como familia, va a servir para eso, para reencontrarnos, porque el Mario vuelve a nacer”.
El reencuentro es el tema más tocado por los familiares de los mineros atrapados, a quienes durante el año se acostumbran a no verlos, sin importar si tienen una semana libre o no. “Las circunstancias de la vida los separan de sus seres queridos y esta tragedia sirve para la unión. Todo gracias a la fe y a Dios”, cuenta Pabla González, una pastora cristiana que viajó desde Antofagasta para dar apoyo en la mina. Tras ella, bajando del monte con las 33 banderas, un grupo de oradores evangélicos vuelven de una jornada espiritual. El grupo es liderado por un viejo guitarrista que canta con una fuerte voz añeja y raspada, seguido por nueve mujeres que repiten desganadas lo que el orador dice, como si estuviesen obligadas a hacerlo.
El día comienza a irse y corren fuertes rumores de que el rescate será a las 19:00 horas o incluso a las 18. Aunque cualquier noticia de ese tipo solo se puede escuchar entre rumores, ya que ningún medio quiere perderse la primicia de ser los primeros en instalarse en “la plataforma”, un lugar destinado a la prensa, lejos de la cápsula por donde serán extraídos los mineros, literalmente succionados del fondo de la tierra. El aparato que los sube se llama Fénix 2 y está pintado con los colores de chile.
A las 17:00 los rumores del eventual adelanto del rescate se desmienten y ahora los secretos a voces insinúan que a las 22 horas se asomará la primera cabeza, la de Florencio Ávalos, el primero en salir, el único nombre publicado por las autoridades hasta esa hora.
La atención mediática se disipa, pero a los pocos segundos vuelve a centrarse en un nuevo punto de la mina. Esta vez los combos y patadas entre periodistas, que corren juntos como una manada de elefantes, se concentran cerca del comedor del campamento Esperanza, nombre que le pusieron los propios familiares de los mineros. Al lugar había llegado Miguel Piñera, “El Negro”, hermano del presidente de Chile, un famoso hombre de la noche que hace fama en los programas de farándula y que a menudo canta, pero con una voz poco fina. Es gordo, moreno y de pelo largo, negro y seco, pajoso y siempre viste la misma ropa negra, una camisa con un pantalón y una boina que nunca nadie no se la ha visto en su cabeza.
Sin embargo no es Miguel Piñera el único motivo del despelote. Entre las cámaras está Víctor Parra con su guitarra, escuchado atentamente por el mencionado “Negro” y en ocasiones interrumpido por el mismo en un intento de coro a dúo. El pequeño Parra canta:

Esa luz hermosa de mi corazón, de a poco se apaga en este socavón.
Siento que han pasado ya mil años, la espera es dura, pero vivo.
Vivo porque sé que allá afuera, mi familia sin cesar se esmera.
Y esa luz que en mi oscureció, de nuevo retoma sus fuerzas.
Cómo puedo estar aquí, si mi familia espera por mí.
Pero no me rendiré, con fuerzas yo me mantendré de pié.

“Es tan lindo como canta mi hijo oiga”, comenta una mujer de 78 años, delgada y pequeña, como casi todos los nativos del desierto de Atacama. Dientes chuecos, pelo negro y liso, piel morena y mirada triste, tal como el resto, pero habladora como ningún otro ser que haya estado en el campamento. “Pero él no es mi hijo”, sigue sin que nadie le pregunte. “Su canción es emocionante, nos llegó al corazón porque el Víctor es bueno, está haciendo cosas lindas por nosotros. Nos trae alegrías y todo eso gracias a Dios hermano, porque somos todos iguales y todos tienen que tener lo mismo”, comenta mientras Piñera abraza a Parra, que sin quererlo, en verdad lo está estrangulando, pero el joven solo ríe incómodamente.
Celestina Bugeño es la mujer que no para de hablar. Ella es la madre de Víctor Zamora, minero atrapado a más de 600 metros bajo tierra, con quien había perdido todo contacto hasta antes del derrumbe. Madre e hijo casi se habían olvidado mutuamente y nada parecía reunirlos, sin embargo la tragedia lo hizo. Celestina está en el campamento desde el primer día en que se habilitó un lugar de acogida y promete que todo cambiará.  
Celestina habla de Parra como si fuera su hijo porque así lo ha sido en el último mes. Fue ella quien apadrinó al cantante en la mina, ya que Víctor Parra solo se apareció una tarde de agosto, cuando se supo que los mineros estaban con vida, el día 19, sin un techo donde dormir ni qué comer. “Yo llegué con mis propios medios, sin dinero, dejando la escuela y a mi familia. Pero cuando me escucharon cantar, un diario de Calama, El Americano, me financió el viaje y la estadía en el campamento, luego de varios días en que la señora Celestina me ayudó”.
La madre adoptiva de Víctor es para él la definitiva. El joven nortino perdió a su mamá cuando era un niño. Según cuenta Celestina Bugueño, que a criterio de ella lo dice en voz baja, pero que sin embargo con sus “secretos” se suman cada vez más intrusos, “este niño vio morir a su madre ¿sabe? Ella murió por él, dejó la vida a cambio de su hijo cuando notó que lo iba a atropellar un auto. Así murió su mamá, por salvarlo”.

“¡C-H-I, chi. L-E, le. Chi-chi-chi, le-le-le, los mineros de Chile!”

El afamado grito comienza a escucharse cada vez más. Ya es de noche y el sol seco del día comienza a transformarse en un helado viento, con temperaturas de hasta cero grados. Los periodistas instalan sus equipos de televisión en la plataforma para ver de frente el rescate y una carpa es cada vez más poblada por corresponsales de prensa que se instalan a despachar el minuto a minuto de la operación llamada “San Lorenzo”. El lugar parece un bar moderno, con dos plasmas y mucha gente hablando al mismo tiempo, en todos los idiomas posibles. Muchos ríen y un estadounidense agradece vía contacto telefónico, el hecho de que lo hayan seleccionado como corresponsal.  
Son las 23:00 y la tensión es fuerte, ya ha pasado una hora del último anuncio del ministro de minería, Laurence Golborne, cuando informaba que el rescate se produciría a las 22 horas. Entre tanto, dos periodistas argentinos, que hace unas horas se juraban amor eterno, ahora se enfrentan en una discusión que termina con un botellazo debido a un problema de despacho. Otro enviado especial de la BBC practica reiteradas veces qué dirá y cómo lo dirá en el momento en que se vea la cabeza de Florencio Ávalos.
Debajo de la plataforma está el campamento Esperanza, donde han vivido durante 70 días los familiares directos. Es una pequeña aldea con carpas blancas de techos amarillos y naranja, a la que ninguna persona externa puede entrar, aunque sí asomarse. Ahí hay misa a las 18 horas todos los días y la rutina es siempre la misma: orar y esperar, comer, dormir cinco horas diarias y volver a orar.
Alrededor duerme el acoso informático, con más de 200 medios de prensa y 2.000 periodistas conviviendo con 300 familiares. En el único callejón viven los familiares no directos y es ahí donde se concentra toda la atención del rescate. En esa pequeña calle bordeada por rejas, como si fuera un recital, se han instalado televisores de los distintos canales nacionales.
En el lugar se reparte té y café gratis, hay banderas chilenas por todos lados, se escucha el C-H-I cada un minuto, los niños inflan globos y hay hasta caras pintadas. Todos esperan el gran momento, dos hermanas rezan el rosario entre lágrimas, un hombre viejo toca la guitarra con los ojos cerrados y unos cuarenta policías terminan sus faenas y son despedidos entre aplausos y gritos de agradecimiento por los familiares.
Finalmente, a las 23:15, la espera culmina. La cápsula Fénix 2, de 3,95 centímetros de alto, con un peso de 460 kilos, desciende hasta el refugio con el primer rescatista, Manuel González, quien será acompañado por otros tres más y quien será el último en salir del refugio, el encargado de apagar la luz, el que selló la faena donde trabajó Codelco –Corporación Nacional del Cobre-, la ACHS –Asociación Chilena de Seguridad- y la empresa minera Geotec. Al final, en una bandera chilena escribiría: “misión cumplida”, esa era la promesa bajo el derrumbe entre el Gobierno y los mineros.  
A las 00:10 se siente un silencio corto, pero completo. A pocos centímetros de la aparición del primer minero, la tensión es tanta que nadie dice nada, a pesar de los gritos previos. Pero cuando Florencio Ávalos aparece en la superficie, la mina San José explota en gritos de emoción, abrazos entre personas que no se conocían, llantos, rezos y plegarias al cielo. Abajo, en el campamento, cada personaje que solidarizó con los familiares entona el himno nacional, incluidos los familiares del minero boliviano, Carlos Mamani, único extranjero entre los atrapados. “Hoy día somos hermanos, no existe la distancia, están todos igual de vivos, por eso me uno a los chilenos, porque somos hermanos”, dice Edwin Mitamita, amigo de Mamani, quien se emociona al saber que su presidente Evo Morales había llegado a la mina para ver salir a su compatriota desde las profundidades.  
Rolly, un payaso que viajó desde Iquique, de la villa Alto Hospicio, una de las poblaciones más peligrosas debido a su delincuencia. “A mí nadie me pagó nada, yo solo vengo para alegrar a los niños en un momento tan difícil. Mi sueldo es ver a estos pequeños sonreír”, dice con emoción el payaso.
Como Rolly también llegó un maratonista uruguayo, quien ganó una carrera en su país para instalar su bandera en la mina, en señal de apoyo. Alfides recorrió 52 kilómetros la noche del rescate y llegó justo a tiempo. Además, otra maratonista, pero de ruedas, tuvo que recorrer 32 kilómetros en su silla para llegar a la mina, partiendo a dedo desde Santiago, 800 kilómetros al sur de Copiapó. Bernardita Lorca se llama la mujer minusválida. Ella está sola mirando atónita cómo todos celebran, su cara expresa emoción, sus grandes ojos azules no dejan de parpadear y dice con una voz tímida que intenta sobreponerse al ruido de la muchedumbre: “esto es emocionante. En una oportunidad a ellos los parió una mujer, ahora los está pariendo la tierra y Dios les está dando otra nueva vida y por eso yo he venido aquí esta noche”.

Hasta el final

La mañana siguiente sigue siendo eufórica. A las 10 am., ya se han liberado once mineros y cada uno de los rescates desata la misma algarabía, a pesar de no variar en lo más mínimo. Arriba, en la plataforma, Sebastián Piñera inicia su discurso de misión casi cumplida junto a Evo Morales, el presidente de Bolivia. Morales lleva un chaleco de lana negro, unos pantalones de cotelé y unas zapatillas simples. “Bolivia jamás va a olvidar. Porque éste es un hecho histórico, inédito. Y estos hechos nos unen cada día más y más. Estos acontecimientos traen mayor confianza entre Bolivia y Chile (…) De verdad una gran sorpresa y agradezco a los 32 mineros que acompañaron a mi hermano Carlos Mamani”.
Afuera del campamento esperanza, pocos minutos después de las declaraciones de Evo Morales, Cristina Núñez, la mujer que le pidió matrimonio al minero Claudio Yáñez mientras éste permanecía atrapado en el refugio sin saber cuándo saldría, espera a que algún auto le de un aventón hasta Copiapó, a ella y su familia. Al rato se detiene un auto y la lleva. Cristina, robusta y morena, de carácter rígido y serio, le dice al chofer que tiene que bajar rápido para volver a subir en la tarde. ¿El motivo? “si bien a mi marido ya lo sacaron de la mina y lo enviaron al Hospital de Copiapó, aún quedan familias esperando a su minero. No podemos dejarlos solos hasta que salga el último”, comenta hasta antes de quedarse dormida.
A su lado la acompañan primos y hermanos, en total son cinco y entre todos recuerdan una canción que se les quedó pegada para siempre. Recuerdan incluso la letra con que terminaba:
Cómo puedo estar aquí, si mi familia espera por mí.
Pero no me rendiré, con fuerzas yo me mantendré de pié.
Y una vez fuera de aquí, con ellos he de compartir.



jueves, 12 de agosto de 2010

For god your soul, for us your blood. El caso Huber (Parte III)



Lee desde el principio de esta historia: Parte 1 aquí y Parte 2 aquí.



For god your soul, for us your blood

“Fue un hijo ejemplar, un hermano, un amigo sin par, un amante esposo, un padre, un camarada de armas, un hombre de mando y de principios cristianos con grandes valores morales, como la lealtad, el respeto, la honorabilidad y bondad.

Sintió siempre un gran amor por su patria, su familia y su querida institución. Y es todo esto lo que perdurará en nuestras mentes y corazones como un legado inolvidable para las nuevas generaciones de militares de su querido Ejército, para sus valerosos hijos Astrid, Alex y José Ignacio. Son también estos los valores que tendremos presentes para seguir adelante en la vida, aquella misma que compartimos con Gerardo, con sufrimientos, alegrías, sacrificios y sobre todo mucho amor.

Quienes le conocimos verdaderamente le recordaremos siempre con un gran cariño y seguiremos confiando en él, aunque ya no esté con nosotros.

          Adriana P. de Huber e hijos”.

Esa fue la carta de despedida de la familia Huber a su padre para el funeral realizado en el cementerio Parque del Recuerdo y que Adriana recuerda con extrañeza: “Nadie debía acercarse a mí ni a mi familia. Nadie me dio el pésame. De la iglesia Julio Muñoz me subió a un auto y en el cementerio había tanta gente que me impresionó”.

En esas circunstancias, en medio del dolor y el desconcierto, la viuda del coronel recibió de un oficial desconocido un papel desprolijamente cortado, con un timbre del Regimiento de Telecomunicaciones del Ejército de Chile.

“De: Cdte. en Jefe del Ejército.
A: Sra. Adriana de Huber

Se ha aclarado una situación que nos tenía muy preocupados. A pesar de la pena que esto significa, el haber encontrado los restos de su difunto esposo, ha traído como consecuencia un mayor consuelo.

Junto a Lucía los acompañamos en estos momentos de dolor y pesar lamentando no poder estar presente en estos momentos por estar pasando revista en la zona norte del país”.


A pesar de que los militares se retiraron parcialmente de la vida de Adriana, lo que más le preocupaba era la manera cómo sus amigos la amedrentaban para intentar frenar su intención de llevar el caso ante la justicia ordinaria y descubrir por fin a quienes encubrieron durante tanto tiempo el secuestro y asesinato de su marido.

Fue esa intención de lucha la que puso entre las cuerdas a Adriana Polloni durante los meses siguientes al funeral de su marido. Uno de los primeros y más graves hechos ocurrió durante el invierno de 1992. La lluvia en Santiago caía fuerte y una esquina de la pieza de Adriana comenzó a mojarse. Desde el techo caía bastante agua. Llamó a Alex para que subiera al entretecho y solucionara el problema.

Mientras su hijo tapaba la gotera, ella fue a preparar algo de comer. Al poco rato apareció Alex demacrado y aterrado. Con la voz temblorosa le dijo: “Mamá, no vas a creer lo que hay allá arriba”. Al subir, Adriana vio que en una de las vigas de madera del entretecho, estaba escrito con tiza, en un inglés deplorable: “For God your soul, for my your blod”.

A la viuda del coronel Huber la envolvió el pánico. Sin embargo, más que eso, lo que sintió fue una rabia incontrolable. No podía soportar que se rieran de su familia en su casa, menos jugando con la muerte de su marido. Hoy, cuando narra ese hecho, recuerda que “estos tipos entraban para amenazarme. Ya no era sólo que me siguieran, querían que sintiera temor de estar en mi propia casa”. Temor que se acrecentó cuando, en el 2005, José Ignacio subió al entretecho para fotografiar la frase. Apenas lo hizo, se encontró con una nueva sorpresa. Esta vez se agregaba al escrito anterior, su traducción al castellano: “Para Dios tu alma, para mí tu carne”.  

A esta mujer que bordea los 60 años, los seguimientos le parecen una rutina.  Desde el año 92 siempre ha tenido la certeza de que hay alguien detrás de ella. Comparte esta sensación con sus hijos; José Ignacio dice que, “cada vez que emprendíamos nuevas acciones legales para aclarar lo de mi papá, se sentía más movimiento, llegaban extraños que se estacionaban afuera de la casa”.

José Ignacio Huber sobrepasa los 1,80 metros, tiene el pelo claro y liso y no se parece mucho a su madre. Tiene más rasgos Huber que Polloni. Hoy día, a los 25 años, cuenta que casi no tiene recuerdos de su niñez. Su padre desapareció cuando sólo tenía seis años y la memoria es vaga. Asegura que recién mejoró después de los 12. “Me acuerdo muy poco de lo vivido entre los 6 y los 12. Hasta me hice hipnosis, pero ni eso me ayudó”.

Hoy vive solo con su madre y a pesar de los olvidos, recuerda perfectamente la presencia constante de militares afuera de su hogar. “Fue difícil porque incluso en cosas pequeñas me afectaba”, dice prolongando un silencio que interrumpe de golpe. “A pesar de que oportunidades he tenido, pololeé por primera vez a los 18 años porque sentía que podía exponerla y la siguieran a ella”.

Más que a sus hermanos, a José Ignacio le pusieron el ojo encima con saña. Un día, cuando salía de la universidad, como de costumbre fue al paradero de micros. En el recorrido hasta su casa se fijó que dos hombres se subieron en el mismo lugar que él y lo miraron fijamente durante todo el viaje. “Sentí algo extraño, los tipos me intimidaron y me puse muy nervioso”, recuerda.

Al levantarse de su asiento, también lo hicieron ellos y cuando se bajó, lo siguieron. “Ahí me asusté y empecé a caminar rápido para llegar a mi casa, y al final terminé corriendo”, cuenta hoy más tranquilo. Este hecho lo llevaría a tomar la decisión de irse de Chile. Literalmente escapó a Ecuador donde hacía algunos años su hermana Astrid se había establecido.
  

La última esperanza de Adriana

Adriana enterró a su marido, pero las dudas que rodeaban las causas de su muerte continuaban. Durante los primeros años prefirió no hacer nada, ya que sentía que su familia aún no estaba preparada para comenzar un proceso judicial. Sobre todo José Ignacio, que aún era muy pequeño para enfrentar lo que tiempo después resultaría de las acciones judiciales que la familia llevó a cabo. Lo único que sabía era que el caso de su marido estaba en el juzgado de policía local de Puente Alto, dependiente de la Corte de Apelaciones de San Miguel, caratulado como suicidio.

El 24 de agosto de 1995 Adriana estaba en su casa frente al televisor. Escuchó estupefacta que comenzaron hablar sobre la primera exhumación del cuerpo de Gerardo Huber. “Yo me enteré por las noticias que lo habían sacado de la tumba para comprobar si realmente se trataba de él”, cuenta Adriana. Asegura que nunca dudó que el cuerpo era el de su marido, pero al juzgado de Puente Alto, cada cierto tiempo llegaban rumores que aseguraban haber visto a Huber por la calle.

Esta sería una de las primeras acciones concretas, en materia judicial, que llamaría especialmente la atención de Adriana. Especialmente porque la exhumación fue solicitada por la jueza Brisa Marina Pérez, que por ese entonces era la jueza subrogante. “Lo más extraño fue que quien comenzaba con estas diligencias era una persona que había estado de reemplazo. Me sorprendió además que no me hubiera informado”, dice Adriana, aún asombrada.     

Pero a pesar de lo doloroso que fue, Polloni escucharía por primera vez lo que ella había callado por presión y miedo: su marido no se había suicidado; había sido víctima de un homicidio calificado.

Pedro León, perito en criminalística de la Policía de Investigaciones, fue quien revisó el cuerpo de Gerardo Huber para determinar la causa cierta de su muerte. Tras realizar diferentes exámenes, León tuvo la oportunidad de reunirse con Adriana, Alex y Jorge Polloni, en la oficina de la jueza Brisa Pérez. En esa ocasión, León sostuvo que “al coronel le dispararon con un arma de mira telescópica calibre 308, las huellas digitales se las borraron con esmeril y perdió su rostro desde la nariz hacia arriba”, según recuerda Adriana.

León fue más allá, y tras una segunda autopsia se atrevió a confirmar que lo de Gerardo Huber no podía ser suicidio. Explicó que la pérdida de parte importante de la cara se puede producir sólo por una onda expansiva de un proyectil con trayectoria preestablecida, con una velocidad mayor a la del sonido. Armas de ese tipo, en esa época, sólo poseían militares y policías.

A medida que el relato de León avanzaba, Adriana, se ilusionaba cada vez más, sobre todo porque se acercaba a lo que ella siempre creyó. Pero hasta ese momento la declaración no tenía ninguna validez jurídica, ya que en esa oficina no había ningún actuario que pudiese transcribir y validar los dichos del perito. Por lo mismo fue citado días después para que expusiera su conclusión, esta vez frente a un actuario. Todos quedaron perplejos al escucharlo decir: “Lo que dije no es cierto, fue un supuesto que no puedo asegurar. Le pido perdón a la familia pero no puedo validar mi hipótesis”, son los dichos que León sostuvo en el juzgado y que Adriana recuerda con indignación. “Ese no era un León, era un ratón”, cuenta.

Luego de retractarse, Brisa Pérez lo llamó a su oficina. Adriana hasta hoy recuerda los gritos de la mujer, increpando a León por su cobardía. Tras la discusión, el funcionario de Investigaciones le preguntó a la jueza si había una salida alternativa que evitara el contacto con la prensa, apostada en las afueras del juzgado. Ella lo miró, le indicó una puerta trasera y Pedro León comenzó a caminar a paso agitado. No obstante, Adriana lo increpó y le dijo: “Mira a mi hijo y mírame a mí. Nunca te vas a olvidar de nuestras caras (…) a ti te amenazaron”. La exhumación y los peritajes ya no servirían de nada.

Pero no fue la única ocasión en que al cuerpo de su marido sería exhumado, en junio de 1997. La jueza María Soledad Espina, que había tomado el caso hacía pocos meses, pidió una nueva diligencia para determinar la verdadera causa de la muerte de Huber. Sería la primera acción clara de la justicia para poner en jaque la tesis del suicidio que durante años se trató de imponer. 

En esa ocasión, el carabinero Jorge Antonio Aguirre fue el coordinador del equipo multidisciplinario que realizó los exámenes al cuerpo de Huber, dando a conocer a la justicia sus conclusiones expuestas en el sumario. En éstas establece que “el coronel Huber recibió un balazo en la cabeza y a consecuencia falleció, y en lo personal creo que fue tirado al río después de haber recibido el impacto de bala”. Como prueba pericial sostuvo que el cadáver no tenía ninguna marca que revelara la intervención de animales como ratones. Además, que un cuerpo que permanece alrededor de ocho días sumergido, por la actividad química gaseosa propia del organismo, sale a flote, por lo que el cuerpo del coronel debió ser encontrado mucho antes de la fecha de aparición. Y finalmente que si Huber se hubiese suicidado, en el puente El Toyo habrían quedado innumerables rastros de ello, como las esquirlas de la bala, sangre y restos del cuerpo o la vaina del proyectil. 

A pesar de los avances en la investigación, la justicia aún no lograba establecer quiénes habían sido encubridores en este asesinato. Para ese entonces, Adriana ya sospechaba de Julio Muñoz, Carlos Krumm y Manuel Provis: los tres habían cambiado sus declaraciones con el tiempo. “Todas las noches, antes de que se fuera, escuchaba a Julio hablando con alguien y recuerdo que le decía todo lo que habíamos hecho durante el día”, cuenta Adriana Polloni. Pero no sería hasta escuchar las casetes que habían quedado en la grabadora instalada por el BIE, que Polloni descubriría que su amigo Julio Muñoz, durante todas esas noches, informaba sobre cada movimiento que se registraba en la casa de Gerardo Huber. Hoy, los tres están procesados por la muerte del coronel.   

Los militares no se habían olvidado que una grabadora guardaba cada una de las conversaciones telefónicas. Es más, muchas veces fueron cautelosos y preferían hablar desde otros teléfonos o directamente en persona, sobre todo cuando era información que consideraban importante. Pero aún así, algunos diálogos quedaron registrados, y Alex se encargó de guardar cada casete que hoy es material probatorio dentro de la investigación judicial.

Sin embargo, era muy poco lo que conseguían los jueces, incluso porque muchas veces se les perdía la información que recopilaban. Esto, hasta la llegada de María Inés Horvitz, abogada del Consejo de Defensa del Estado (CDE), que se interesó por el caso ya que estaba muy relacionado a la exportación de armas a Croacia. “Por eso me involucré en él, para conseguir mayor información sobre el Caso Armas”, recuerda la abogada que tomó el caso del coronel asesinado en el 2001. Pero antes de empezar a investigar, para Horvitz fue necesario ganarse la confianza de la familia Huber y en especial de Adriana, que no creía que la participación del CDE ayudara en algo para esclarecer la muerte de su marido. Pero con cada acción judicial nueva que veía, Adriana se motivaba a continuar y hacer más incisiva la investigación.

Los primeros contactos de la abogada con Adriana fueron por teléfono, ya que esta última se encontraba en Ecuador en la casa de Astrid. “Creo que conversamos más de una hora sobre todo lo que había pasado con Gerardo”, recuerda Adriana. Lo primero que le pidió cuando llegó a Chile fue que declarara frente a la jueza Gabriela Gómez, contando lo que había vivido. Para Horvitz esto era fundamental, ya que “en las primeras declaraciones habían omitido información importantísima por presiones o miedo, por ejemplo el nombre de Hernán García Pinochet”, dice la abogado.

Cuando regresó a Santiago, Adriana se reunió con la representante del CDE frente a la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Junto a Alex, partieron al juzgado ubicado en Puente Alto para que la jueza tomara la declaración. Horvitz le pidió a Adriana que la acompañara en el auto y le contara rápidamente lo que declararía frente a la jueza. Polloni habló de todo lo ocurrido desde el 92 hasta el 2001. Cuando llegaron al lugar, se estacionaron y tras ellas lo hizo Alex. Segundos después llegó un tercer auto, que se estacionó delante del vehículo de Horvitz, dejándole un margen de espacio mínimo. En él venían dos hombres que miraron detenidamente a la abogada.

 Era fin de semana y habían abierto el recinto especialmente para ellos, no había guardias ni funcionarios, sólo la jueza Gómez y su actuaria que esperaban en la oficina. Por segunda vez, Adriana comenzó su relato, esta vez detallando cada día. Una alarma desvió la concentración. Era del auto de María Inés. Salió y encontró a los dos hombres nuevamente mirándola, ahora de manera desafiante. Cuando volvió a la oficina, Adriana notó su nerviosismo.

Mientras la esposa de Huber exponía desde los hechos más relevantes hasta los detalles más recónditos, la jueza Gómez se levantó, tomó sus cosas, interrumpió los relatos y dijo: “Siga declarando frente a la actuaria, yo me tengo que ir”, recuerda María Inés y agrega sarcásticamente que “nos dejó hasta las llaves para que cerráramos”.

Adriana tuvo que acortar la declaración. Salieron molestos de la oficina y para coronar la torta, se toparon con la guinda: ese par de hombres continuaba ahí, descaradamente y sin un propósito explícito. Horvitz se sobresaltó y le pidió nuevamente a Adriana que se subiera a su auto, pero ella se negó. Sin embargo, le dijo que Alex iría adelante. “La María Inés se subió al auto, pero no lo pudo mover. El de estos tipos le obstruían el paso. Instantáneamente se bajó, se acercó a nosotros y nos dijo que la dejáramos ir adelante”. Alex movió su auto para darle espacio y María Inés dio rápidamente la vuelta en U para salir. Alex intentaba seguirla de cerca, pero la velocidad era tal, que se le hacía difícil alcanzarla. Recién a la altura de la avenida Irarrázaval María Inés bajó la velocidad. “Yo le decía a Alex, no la pierdas, síguela. Tuvimos que pasarnos los semáforos en rojo, los discos pare y los ceda el paso”, recuerda Adriana.

La abogado del CDE era una amenaza para los militares. Se hacía cada vez más famosa por los resultados que conseguía en sus investigaciones y en los procesos penales. La información le llegaba de todos lados. El 20 de marzo del 2006, a las 4:30 de la madrugada, recibió un llamado desde Holanda. El interlocutor decía ser ex funcionario del BIE y tenía información que la podía ayudar para encontrar a los autores materiales del homicidio de Gerardo Huber. Le contó que dentro del Ejército era un secreto a voces que a Gerardo lo habían asesinado funcionarios de ese batallón. Además le reveló que él había tenido la misión de seguirla a mediados de los 90 por orden expresa del comandante en Jefe del Ejército de la época, Augusto Pinochet. Y que tal como a ella, algunos políticos también eran seguidos por ser considerados como “información de importancia”, así como también a otros abogados del CDE.

No conforme con el llamado, Horvitz también recibió una carta firmada con el seudónimo de “Max”. En el escrito decía haber estado presente en los momentos en que Gerardo fue torturado y detenido en “el BIE, la casa de seguridad en Borgoño, y finalmente la Escuela de Inteligencia donde fue asesinado con un rifle de fabricación Sudafricana o algo parecido, no recuerdo los detalles”. Además, la misma fuente le habló a la abogada del CDE de los documentos que contenían el perfil de Huber antes de su muerte, elaborado por personal de Hospital Militar, en los que se detalla “acerca del estado mental de Huber y sus características parricidas. Querían hacer parecerlo como parricida y asesinarlo junto a su hijo pequeño para dar más credibilidad a la información del Hospital Militar de Santiago.” En esta carta también se evidencia la participación de Pinochet, ya que el autor dice haber quemado papeles donde el ex comandante en jefe saludaba a quienes habían participado en la misión, terminando la carta felicitándolos y sellando sus palabras con un seco “Misión Cumplida”.

El lado confuso que envolvía los incidentes en la muerte del coronel Huber sólo comenzaría a aclararse después del 2001, cuando con el respaldo del CDE, puntualmente de la abogada María Inés Horvitz, Claudio Pavez, ministro de la Corte de Apelaciones de San Miguel, era nombrado ministro en visita en este caso. Pavez fue el primero en rotular judicialmente el hecho como homicidio calificado, dejando de lado la tesis del suicidio que durante once años identificó al caso Huber.


La muerte del coronel Huber fue junto a la del químico Eugenio Berríos, uno de los hechos más importantes que llevaron a que el General en retiro, Manuel “Mamo” Contreras, decidiera echar años de mentira por la borda a través del informe que le entregó a Pavez en el 2006, en el que destaca la tesis sobre el verdadero origen de la fortuna de Augusto Pinochet. Según el ex director de la DINA, ésta provenía del tráfico de armas, narcotráfico, exportación de armas y fabricación de armas químicas. La amenaza ante una posible delación era bien clara: quien hablara, sería asesinado.

Gerardo Huber era muy amigo de Manuel Contreras, a quien conoció en la DINA cuando se desempeñaba como Jefe de Inteligencia en la IX y X región, y algunas misiones en Punta Arenas y Santiago. Pavez fue a visitar al “Mamo” al Penal Cordillera, lugar donde paga su condena por la participación en la desaparición del mirista Miguel Ángel Sandoval y el asesinato al ex comandante en jefe del Ejército, general Carlos Prats, entre otros crímenes. En ese lugar recibió el informe que repercutió con fuerza en la prensa y en el que relataba el testimonio sobre los delitos cometidos por Pinochet y otros funcionarios del Ejército. Pero más impactante aún era que el informante había sido su mano derecha.

El asesinato de su amigo Huber, con el fin de proteger las evidencias que él manejaba sobre las negociaciones ilegales de Pinochet, fue la deslealtad que motivó al cerebro de la DINA a aclarar cada peso que constituía las arcas del entonces gobernante. Contreras declaró además que él sabía de la información secreta con la que contaba su amigo Gerardo. Había sido bastante cercano a la familia Pinochet Hiriart, especialmente a Marco Antonio, mientras vivió en EEUU.

Esta sería una de las gestiones más importantes llevadas a cabo por Pavez, pero  no fue la única. El juez pudo establecer que la muerte del militar no fue un hecho aislado, que a fines de los 80, principio de los 90 y hasta hoy, ha habido en el Ejército una asociación ilícita que tiene la misión de acallar a cualquiera que ponga en peligro a altos mandos de la institución y sobre todo al ex comandante en jefe, Augusto Pinochet.






Silenciar a Huber

“Nosotros, un grupo de Comandos, le hicimos un juramento al General Pinochet: quien quisiera perjudicarlo o meterlo en algún proceso lo vamos a eliminar. Así lo hicimos con el coronel Huber. Lo llamamos por teléfono, lo hicimos salir de la casa donde estaba, y con un tirador escogido le tiramos un balazo”, dijo el 22 de agosto del 2003 en una entrevista para la revista “Siete más siete” el ex suboficial de carabineros Armando Edmundo Cabrera Aguilar, también ex CNI.

Ese juramento tenía un nombre explícito: “Operación silencio” o “Sistema de control de bajas”, según relata a fojas 2273 de la investigación judicial, Armando Cabrera. El objetivo era trasladar al extranjero o ejecutar a los militares o civiles desleales, que querían decir la verdad en causas que comprometían al dictador Pinochet en temas de violación a los Derechos Humanos. Incluso aplicaban este juramento a quienes manejaban demasiada información.

Esta operación se evidencia, entre muchos casos más, en lo sucedido con Eugenio Berríos, Jonathan Moyle, Rodrigo Peña, Guillermo Jorquera y con el coronel Gerardo Huber Olivares, cuya muerte pasó a ser el emblema de una seguidilla de persecuciones, que nunca dejó de operar, en dictadura, aún en democracia y hasta el día de hoy.

Estos fueron solo algunos de los casos. También hay que agregar el de Blas Meriño, cuyo cuerpo fue encontrado el 8 de agosto de 1995 en el kilómetro 21 del camino a Melipilla. El parte policial de Carabineros detalla que se trataba de un hombre de 38 años, identificado como Blas Meriño Castillo, que manejaba un Ford blanco encontrado con el motor encendido a un costado de la ruta. Cuando llegó Carabineros al lugar, vieron el auto y abrieron la puerta, de inmediato cayó del auto el cuerpo de Meriño, que evidenciaba un disparo en el costado izquierdo del tórax y a su lado se podía apreciar una pistola Beretta 9 mm.

Meriño fue destinado como chofer de Gerardo Huber cuando éste trabajaba como oficial del Complejo Químico Industrial del Ejército. Según Adriana Polloni, el chofer de su esposo era para él una persona de suma importancia debido a que confiaba plenamente en su criterio. A esto se suma el hecho de que Blas Meriño mantenía una relación muy próxima a la familia de su coronel. “Él tomaba en sus brazos a José Ignacio cada vez que lo veía”, recuerda Adriana.

Como Peña y Jorquera, Meriño comenzó a sentir una fuerte depresión tras la muerte de Huber. Los trabajadores del Complejo Químico se la atribuían, en cambio, a una tormentosa relación amorosa que había terminado hacía poco. Sin embargo, había un detalle ineludible: difícilmente un hombre como Meriño, conocedor exhaustivo de armas, pudo haber intentado suicidarse con un disparo en el tórax. Seguro lo habría hecho en la cabeza, es el argumento con el que coincidió personal de Carabineros tras el hallazgo.

            Tiempo después, la “Operación silencio” gestó hasta hoy su último asesinato. Ocurrió el 20 de marzo de 2006. Ese día, el hecho extraño y que también involucraría un presunto suicidio producido por síntomas depresivos y cirrosis hepática cayó sobre el brigadier en retiro Luis Garfias Cabrera, encontrado muerto en su casa de Tomás Moro, Las Condes, con un disparo en la cabeza. 

La versión de Raúl Molina, jefe de la Brigada de Homicidios de Investigaciones, se centró en que Garfias se habría pegado el tiro tras una visita que realizó una semana antes de su muerte al lugar donde permanece recluso Carlos Krumm. Esto debido a que el general en retiro le advirtió sobre lo peligroso que sería para su futuro el prestar declaraciones comprometedoras en la investigación que Pavez lleva a cabo por estos días sobre la asociación ilícita que asesinó a Gerardo Huber y a muchos otros oficiales. 

Para la familia, y sobre todo para Adriana, parece imposible olvidar el tema. Dieciocho años después la esposa de Huber intenta recobrar la paz. No puede. Las dudas permanecen. No puede ni quiere “dar vuelta la página”. En cada rincón de la casa está su marido. No es que conserve sus fotos, no es que atesore parte de sus cosas. No es sólo eso. Están los recortes de prensa, los programas y notas de televisión, las grabaciones telefónicas. Todo cuanto pueda probar la partida de una de las personas que más quiso y que aún pretende rescatar de las manos de sus asesinos. 

“Este caso se acaba cuando sepamos quiénes actuaron y cómo lo hicieron, o sea cuando conozcamos al que apretó el gatillo”, dice Adriana. Pero reconoce que lo más doloroso es convencerse de la traición de los que consideró sus mejores amigos por casi 30 años. Más difícil aún, porque todavía se topa con ellos en las calles. “El tío Julio vive a pocas cuadras de aquí, lo hemos visto en la farmacia y debo aferrarme al manubrio para no atropellarlo”, relata José Ignacio con voz cortada. “Imagínate saber que tu padrino está involucrado en el asesinato de tu papá”, concluye.  

Parece difícil encontrar homicida. Fuentes ligadas a la investigación judicial establecen que a pesar de existir dos nombres posibles, que bajo secreto de sumario aún no se pueden develar, hay algo que no calza: ¿por qué se utilizó un fusil de alto calibre, especial para tiros entre distancias largas, cuando pudieron haber disparado de cerca?

Según Max, el hombre que envió la carta a Horvitz, el autor intelectual del asesinato tiene nombre y apellido, Augusto Pinochet Ugarte. El mismo que durante la mañana del 20 de febrero de 1992, sentenció el futuro del hasta entonces detenido coronel Gerardo Huber Olivares: "Aprobado y ejecútese el operativo de acuerdo a lo planificado". 

miércoles, 28 de julio de 2010

Enlace mortal, la última visita a San Alfonso. El caso Huber (Parte II)



Durante los últimos días de vida del coronel, Adriana llamó a la oficina para hablar con su marido. El teléfono lo contestó Teresa Carvajal, la secretaria de Huber, quien de inmediato preguntó por el estado de salud de su jefe:

-Señora Adriana ¿El coronel estuvo muy mal ayer?
-¿Por qué?-contestó la mujer de Huber, con incertidumbre por la respuesta que escucharía.
-Porque se fue mal de acá… -agregó la secretaria.
-Pésimo, súper mal. Yo no hayo qué hacer.

La depresión del coronel Huber era evidente, ya no sólo frente a su círculo familiar, también en el trabajo percibían los malestares que sentía. Incluso Carvajal le recomendó a su jefe que tomara días de descanso, lo que Gerardo Huber realizó días más tarde.

La voz de Adriana suena fuerte, pero a ratos desciende su intensidad. Está inmersa en un personaje que nunca hubiese querido interpretar. Sus palabras fluyen sin dar mucho espacio a la respuesta de sus interlocutores y son potenciadas por su mirada directa, de enormes ojos celestes, casi turquesa. Aparenta un carácter duro, rígido, aunque a ratos asoma una mujer cálida. Parece un juego de adivinanzas: ¿Cómo será la verdadera Adriana Polloni? ¿Qué se esconde detrás de ese rostro desgastado por tanto sufrimiento?

Vive junto a José Ignacio en la misma casa que ella y Gerardo compraron en 1977, apenas volvieron a Santiago luego de su paso por el sur. Conserva los recuerdos de un tiempo que nunca debió terminar, cuando no dudaba de sus amigos, cuando salir de su casa no significaba ver miradas de ex militares que la juzgan por todo el accionar judicial que ha llevado adelante.

Adriana recuerda con exactitud los últimos días que pasó con su marido. Estos comenzaron cuando la familia Huber pasaba un fin de semana en San Alfonso aprovechando la licencia médica del coronel. El parte elaborado por el médico del Hospital Militar, el Mayor Helmut Schweitzer, decía que Gerardo Huber padecía de un “síndrome vertiginoso” debido al estado de tensión por el que estaba pasando. Sin embargo, nadie objetó que un síndrome de esa naturaleza no lo origina el stress; al contrario, es parte de una patología humana. El documento médico no describe una enfermedad real y, en consecuencia, no se justificaba la licencia.

Ese verano, Huber y su mujer recibieron una invitación para ir a Israel, donde lo esperaría el agregado militar chileno Víctor Lizárraga. Los acompañaría Julio Vandorsse, en ese entonces director de la Escuela de Paracaidistas y recientemente nominado a cargo del proyecto sobre misiles LAR de procedencia israelita. Pero Gerardo estaba con orden de arraigo tras su primera declaración sobre el Caso Armas, llevado por el juez Hernán Correa de la Cerda, por lo que Vandorse debió viajar solo.

En un principio los Huber Polloni pensaron partir a Puerto Varas como solían hacerlo todos los veranos con la familia de Muñoz. Sin embargo, Gerardo desechó la idea porque los primeros días de enero todavía era posible que lo citaran a declarar a la justicia.

La situación de Gerardo era cada vez más crítica y Adriana comenzó a notar que se comportaba de una manera extraña. Eso bastó para que ella tomara un block de papel pre picado y comenzara a escribir todo lo que veía. Era el 29 de enero del 92, mismo día en que partirían a la casa de los Tapia, en San Alfonso, donde ya estaban dos de sus tres hijos, Alex y José Ignacio.

“Éramos muy buenos amigos. Gerardo, padrino de mi hija Loreto, no necesitaba avisar cuando quería venir a nuestra casa del Cajón”, cuenta hoy Ana Guerrero.

De sus notas se lee lo siguiente:

11:00. Arregla ropa, yo ya tenía cosas de él en mi bolso. Pasé su chomba que él quería llevar, la que usó Astrid en el invierno. Blue jeans de Alex, calzoncillos y pañuelo. Él guarda en otra bolsa del Jumbo, zapatillas azules, iguales a las que tenía en San Alfonso olvidadas (antes llevó parca y botas), la parca se le olvida acá. 3 pares de calcetines de lana. El maletín negro y gris se queda en casa. Se preocupa de chequear la alarma.

Ese mes, Gerardo estuvo ocupado en encontrar un buen sistema de alarma para proteger la casa. Alex, su hijo mayor, debía aprender a manejarlo a la perfección. “Él sería el responsable de la alarma, debía conocer cada circuito, cada conexión, cada cable y saber qué hacer en caso de alguna falla”, recuerda Adriana. También se obsesionó por un maletín negro y gris, que fue a buscar el 25 de enero, junto a su esposa e hijo menor, a la oficina del edificio de las Fuerzas Armadas, en calle Zenteno. Guardaba en el bolso algunos documentos de trabajo. Adriana recuerda que calculó que debía estar muy pesado por la forma en que lo arrastraba.

Luego de recoger el maletín, el mismo 25, partieron a San Alfonso. Llegaron a almorzar, y una vez que terminó la tertulia de la sobremesa, Gerardo le dijo a su mujer que llevaría el auto para que le cambiaran el aceite. Todos se sorprendieron: hacía sólo un par de semanas que lo había hecho.

Adriana recuerda que su marido volvió tres horas después y que en el momento de prepararse para volver a Santiago, notó que el maletín gris no estaba en la maleta del auto como a la ida, esta vez se encontraba sobre los asientos traseros. Curiosamente, al moverlo para hacerle un espacio a José Ignacio, Adriana advirtió que no pesaba tanto como había creído. Después se enteraría de que una parte importante de esos papeles ya no estaban dentro del maletín, y que serían la causa principal de la muerte de su marido. Gerardo había eliminado las evidencias de distintas operaciones ilícitas.

Pero eso no fue lo más curioso que se desprende de las notas de Adriana Polloni. Una de las claves para entender el extraño comportamiento de Gerardo fue la ropa abrigada que insistió en llevar en su segundo viaje a San Alfonso el día 29 de enero, en pleno verano. Ahora se entiende que tenía razón: si lo tomaban preso, lo que era altamente probable, necesitaría abrigo, y si lograba su propósito de arrancar a Argentina, también se justificaba por la helada cordillera.

Los escritos de Adriana continúan así:

Llegamos a casa, José Ignacio está en casa de Carmencita, Gerardo pide auto prestado a Elwin para ir a buscarlo, se demora bastante.
13:30-14:00. Almorzamos con familia Tapia, Hernán y Loreto comentan su programa de ir a Bucalemu por aniversario del abuelo.
15:00 a 18:00. Gerardo duerme siesta, se levanta y sube a la piscina donde estamos todos (Elwin queda adentro durmiendo la siesta). Elwin se levanta antes y va a casa de Matilde en auto, dice que quiere le arreglen las uñas de los pies. Gerardo pregunta por Elwin y le contamos a lo que fue, espera que José Ignacio se vista y me ayuda a peinarlo. Comenta que quiere ir a caminar con Astrid, pero ella está en traje de baño acompañada de unos amigos. Se va caminando a casa de tía Matilde con José Ignacio para dejarlo allá, hablan de los nintendos de los niños de Carmencita.
20:30. Vuelve Elwin con Gerardo (compraron cigarrillos). Tomamos once comida, Gerardo está súper tranquilo. Loreto y Hernán preparan sus cosas para irse a Bucalemu en la camioneta de Hernán.
Gerardo pide disculpas y se levanta a ver las noticias, nosotros pensamos ir caminando a buscar a José Ignacio a casa de Carmencita. Le decimos a él y dice que una vez terminadas las noticias nos acompaña. Resolvimos partir caminando, Elwin saca auto afuera del estacionamiento, Gerardo le pide las llaves por si nos va a buscar en auto.
Vamos Anita, Elwin, Alex, Astrid y yo.
21:15. Terminan las noticias y Gerardo les ayuda a cuidar al niño a Loreto y Hernán, mientras suben las cosas al auto, Gerardo pregunta a ellos varias veces antes si se van. Parten como a las 21:45 y en la altura del puente el Toyo se devuelven, pues la Loreto se da cuenta que su cartera la había olvidado en casa.
Al regresar se baja Hernán y encuentra la casa abierta, luces prendidas, televisor prendido. Esto a las 22:15. Apaga el televisor y deja la casa con las luces prendidas y puerta abierta, se dieron cuenta que Gerardo no estaba y el auto que estaba en la calle tampoco estaba. Pensaron que él nos había ido a buscar a casa de Carmencita. Esto lo cuenta Loreto Tapia. No vieron cruzar el auto, mucha oscuridad.

Carmen Guerrero o Carmencito, como se lee en la nota, es la hermana de Ana y, como ella, muy cercana a la familia Huber. Ese día, involuntariamente, se convertiría en una de las piezas importantes del puzle para la desaparición del coronel Huber. El afecto entre José Ignacio, Carmen y sus hijos, se fue cultivando con el tiempo. Al niño le gustaba ir a su casa; especialmente ese verano, porque ahí podía jugar Nintendo.

En eso estuvo casi todo el día 29, y por lo mismo, en casa de Ana se preparaban para ir a buscarlo. Salvo el coronel. Se excusó porque esperaba las noticias. Necesitaba saber si había algún nuevo informe relacionado con el caso de exportación de armas a Croacia. Sin embargo, se trataba sólo de un pretexto porque desde hacía una semana el tema no se mencionaba en los medios y tal noche no fue la excepción. Más tarde, este hecho sería otra de las evidencias en la investigación.

Estaba inquieto y ausente. Según Elwin Tapia, Gerardo estaba extenuado, “y yo mismo le recomendé que se quedara, ya que así podría descansar”. Todos estos acontecimientos lo tenían absolutamente abatido. Quizás el temor a un infortunado desenlace motivó su intención de salir a caminar con su hija Astrid; era probable que fuera la última vez que la vería en mucho tiempo.

Sin duda Gerardo Huber necesitaba quedarse solo en casa. Tenía planes que todos ignoraban. Esa noche debía tomar el auto de Elwin no para ir a buscar a su familia a la casa de Carmen, como había dicho, sino para ir hasta el puente El Toyo, donde el propio General Pinochet lo habría citado para hablar sobre su situación luego de la exportación de armas, de la que era cómplice.

A las 20:45, minutos antes de salir, Loreto hacía los preparativos para partir a Bucalemu con su marido Hernán García. Mientras tanto, Gerardo entretenía a Felipe con juegos ajenos a lo que acostumbraba. Esto llamó la atención de su ahijada; también la insistencia del coronel en que no debían viajar esa noche, argumentando que era peligroso. Sin embargo, la verdad que motivaba su propuesta se afirmaba en la angustia de no volver a verlos.

“Él no era muy de piel, era… no frío, pero era milico, poh. Y ahora que lo pienso, fue rara su reacción. Mijita, me decía, yo llevo al Felipe. Había tomado a la guagua, le había cortado las uñas, raro en él, y me dio un abrazo como rico”, dice la hoy día ex esposa de Hernán García Pinochet, mientras fuma un cigarrillo en la misma casa donde 18 años atrás desapareció Gerardo Huber.

La calidez que sintió Loreto de su padrino se añadía a su insólito comportamiento. Si en ese momento hubiera sopesado el hecho de que Gerardo le pidiera el Nissan gris a su amigo Elwin, teniendo el suyo en la misma casa, seguramente habría desistido de hacer el viaje.

Ya en camino, a escasos metros del puente El Toyo, a la pareja les llamó la atención que en la berma hubiera tres vehículos iguales y bastante modernos para la época. Eran oscuros y en su interior no había nadie. Un par de kilómetros más abajo, al pasar por el Melocotón Bajo, Loreto se acomodó en el asiento. Un segundo después, como si ese acto hubiera sido un resorte, recordó que había olvidado su cartera. A Hernán no le quedó más remedio que retornar.

Volviendo a San Alfonso, los García Tapia se detuvieron en El Toyo a botar la basura del auto. Al bajarse, Loreto notó que ya no estaban los autos de la berma. Tampoco el Nissan gris de su papá en la casa. Y la puerta de entrada estaba abierta, el encendedor y los cigarrillos de Gerardo continuaban sobre la mesa, el televisor seguía prendido y todas las luces encendidas, incluidas las que Loreto había apagado antes de partir. A pesar de lo extraño, la ahijada del coronel pensó que lo más probable era que su tío hubiera ido a buscar al resto de la familia donde Carmen, tal como habían quedado. Se estaba haciendo tarde, razón suficiente para volver. Esta vez a San Pedro, a medio camino entre San Alfonso y Bucalemu, donde pasarían la noche para seguir al día siguiente a la celebración del aniversario de Augusto Pinochet y Lucía Hiriart.

Hasta hoy ni a la justicia ni a Adriana les queda claro este último punto. Las discrepancias entre quienes estuvieron con Gerardo por última vez no ayudan. En sus primeras declaraciones, García afirma que fue él quien entró a la casa a buscar la cartera de su mujer, pero Loreto asegura que no fue así. Es curioso además que, después de 18 años, ella cuente con bastantes detalles lo que vio. No sería la única ni más grave contradicción entre quienes estuvieron con Gerardo por última vez.

Lo cierto es que Huber nunca llegó a la casa de Carmen. Sabía que su vida dependía de su silencio, aunque ya se había quebrantado en sus declaraciones informales al juez Correa de la Cerda el 20 de enero de 1992, instancia en la que le confesó las ilegalidades en las que había sido implicado: el modo en que éstas operaban y los involucrados en cada uno de los casos de tráfico de armas a Croacia e Irán, narcotráfico de coca Negra o coca Rusa, como también le llamaban, y los efectos de dichas operaciones, como la muerte de Berríos en Uruguay el año 95 y los asesinatos del General Prats y de Orlando Letelier en los años setenta.

Los tres vehículos que había visto Loreto en el puente esperaban a Gerardo Huber. Es decir, muy de cerca, venía su tío en el Nissan gris. Lo que no supieron o no detectaron es que se detuvo en el puente y partió inmediatamente al BIE –Brigada de Inteligencia del Ejército. Lógicamente, no había rastro de esos autos cuando ellos debieron volver a buscar la cartera de Loreto. Tantas discordancias hoy son causa suficiente para que Adriana desconfíe de ellos.

Mientras eso sucedía, a un kilómetro de la casa de los Tapia el resto de la familia volvía a pie con José Ignacio. No es que estuvieran preocupados, pero ya eran las 22:45 y no querían seguir esperando. Sin embargo, al llegar, la puerta de la casa estaba abierta y el televisor y las luces prendidos. Sin saberlo, Loreto (o Hernán) había entrado a la casa algunos minutos antes y había encontrado lo mismo. Es raro que no hubieran cerrado la puerta de entrada al notar que su tío ya no estaba en casa.

Adriana siempre sintió algo extraño en ese momento, algo le decía que la ausencia de su marido podría significar algo más. Ana le ofreció un café en la cocina y Elwin, el amigo de Gerardo, decidió irse a dormir, restándole importancia a la situación. Esto tampoco era normal para la mujer de Gerardo. La situación la tenía impaciente. Mandó a José Ignacio a la cama porque también estaba muy alterado. Su madre le puso el pijama y esperó a que se quedara dormido, sin embargo el niño no podía cerrar los ojos, y con una frase agorera, le preguntó: “¿y si mi papá se cayó a un barranco?”. “No sea leso y duérmase tranquilo”, le contestó ella sacando una revista que no leyó.


















“Creo que Gerardo se va a suicidar”

Eran las doce de la noche, ya había pasado casi una hora y la impaciencia de Adriana Polloni aumentaba. “Era raro todo, la Ana me decía que estuviera tranquila y cada cierto tiempo, Elwin se levantaba y preguntaba por su amigo. ¿Llegó o no llegó? Ah, puta mi compadre que es huevón, decía él y se volvía a dormir”, relata Polloni en el living de su casa. Esta actitud de Elwin no sería la única que molestaría a la esposa de Huber: recuerda que su compadre sería uno de los primeros en barajar la tesis del suicidio de su amigo, aún cuando todos confiaban en que regresaría.

En el patio, alrededor de la piscina, seguían Astrid con sus amigos; Alex, Elwin y José Ignacio dormán. Ana y Adriana, en cambio, habían tomado la decisión de partir a buscarlo. Su primera parada fue la casa de Carmen, hasta donde Huber se había comprometido en ir a buscarlas. Ana convenció a su amiga de no decirle nada al respecto, para no alarmarla, aunque igualmente las luces estaban apagadas. Siguieron hacia la Guardia del Melocotón. Posiblemente, Gerardo Huber podía estar ahí realizando una llamada telefónica, ya que durante esos días el coronel había sido explícito en que una condición básica para salir de vacaciones era tener un lugar donde lo pudieran ubicar frente a cualquier emergencia. Pero en ese lugar tampoco estaba.

Ante el fracaso de la búsqueda, Ana comenzó a tomar las decisiones. Primero resolvió bajar a San José de Maipo para ver si estaba donde los carabineros. No lo habían visto; tampoco al Nissan gris. Entonces Ana decidió llevarse a su amiga de vuelta a San Alfonso.

El 30 de enero de 1992 comenzó temprano para Adriana Polloni. A la una de la madrugada seguía esperando la llegada de su marido, pero el coronel ni siquiera daba señales de vida. Decidió despertar a Alex para que la acompañara a inspeccionar el sector por segunda vez. Quizá tendrían mejor suerte. De inmediato salió la dueña de casa asegurándoles que no era tan grave lo que sucedía, que Gerardo ya llegaría.

Igualmente Alex tomó su linterna y una radio Handy para comunicarse con Astrid en caso de emergencia, subieron al auto por segunda vez y siempre acompañados por Ana Guerrero. Media hora más tarde, los tres volvieron sin noticias. Al llegar, Adriana fue a ver a José Ignacio, se sentó en la cama y notó que su marido se había cambiado de ropa antes de salir, llevándose puesto los blue jeans de Alex, la chomba que Astrid había usado el invierno pasado y las zapatillas deportivas azules. Toda esa ropa era la misma que Huber había decidido llevar a pesar de lo extraño que le pareció a su mujer, cuando preparaban las maletas en Santiago, antes de partir a “La madriguera del puma” el 29 de enero en la mañana.

Tampoco estaban su pistola de servicio, el reloj ni la billetera. Adriana, ahora con mucho nerviosismo, revisó si algo más se había llevado el coronel antes de perderse esa noche. Volvía a aparecer Elwin, siempre con la misma tranquilidad, siempre preguntando por su compadre y volviendo a la cama tal como lo había hecho repetidas veces.

A las 02:30 horas, Adriana manejó una camioneta hasta la Subcomisaría de Carabineros de San José de Maipo, acompañada de Alex y nuevamente, casi de forma automática, de Ana, quien a esas alturas tomaba un protagonismo que hoy día Adriana recuerda como extraño: “Estaba muy pendiente de que las cosas funcionaran de la manera que ella decidía”. Fue Ana Guerrero quien habló con Carabineros y les informó que el hombre al que buscaban era coronel de Ejército. Frente a esto, los dos guardias despertaron a su capitán, informándole sobre la situación. Éste último se acercó a Ana y Adriana y escuchó atentamente la descripción de Gerardo Huber, sin embargo, en ese instante no podían hacer mucho más, porque no contaban a esa hora con un auto policial.

La preocupación de Adriana aumentaba temiendo que su marido hubiera salido a caminar y sufrido un accidente. Tenía que seguir buscando a su esposo. Atrás, en el pick up de la camioneta, iba Alex con su linterna y un reflector buscando en el oscuro camino al menos un rastro. Pasaron por el puente El Toyo, pero sin cruzarlo. Lo hicieron lentamente, hasta que notaron que al otro lado, en la berma oriente, había un auto estacionado, al parecer abierto y similar al Nissan gris de Elwin. Alex comenzó a gritar: “¡Papá!”, mientras se acercaban de a poco hasta comprobar que efectivamente era el vehículo que andaban buscando. El hijo mayor de Huber continuó gritando, pero del auto nadie bajó, los vidrios estaban empañados y por eso no podían ver si su padre estaba adentro. Temerosa, Adriana avanzó con cautela hacia el puente, pasaron muy cerca del auto, casi rozándolo, pero sin detenerse. Dieron la vuelta más adelante y repitieron la escena. Entonces notaron que definitivamente no había nadie. “No sigamos, comadre, volvamos a Carabineros para que ellos vengan a ver qué pasa”, le recomendó Ana a su amiga.

Eran las 3 de la madrugada, Ana Guerrero comenzaba a incomodarse por la ausencia de su amigo y tomaba, cada vez con más energía, el protagonismo. Le pidió a su amiga que la dejara manejar. Una vez que tenía dominada la situación, llamó a Elwin por radio para que fuera hasta el puente mientras ellos se acercaban a la Subcomisaria de Carabineros de San José, lugar al que llegaron en 15 minutos. Polloni fue la única que no se bajó del auto. Poco rato después notó que Ana y Alex se demoraban mucho para estar ahí por segunda vez en menos de una hora. Demasiado, tratándose de una urgencia.

Esperó los 25 minutos que tres carabineros demoraron en ponerse chalecos antibalas. Con ellos llegaron al puente donde ya estaba Elwin. Los policías abrieron la puerta del piloto, las llaves estaban puestas en el contacto. Lo echaron a andar, pero sin moverlo. Revisaron la maleta y los asientos, por si encontraban alguna carta o cualquier objeto que dejara alguna pista. Finalmente, aún alumbrando con linternas y con los focos de la camioneta, casi nada podían ver, por lo que se determinó que los carabineros se quedarían ahí hasta que Adriana volviera al amanecer. Uno de los carabineros recuerda haber tocado el capó del auto y, “como estaba frío, me di cuenta de que debía estar ahí hace un tiempo”, declaró ante la justicia años más tarde.

A las 4:30 quedaron estupefactos al ver llegar al lugar a Víctor Lizárraga, segundo hombre de la DINE, y Manuel Provis, Comandante del BIE y brazo operativo de la DINE, quien horas antes pasaba sus vacaciones en La Serena. La situación no dejaba de extrañar debido a que no existía ninguna forma de que estos últimos se hubieran enterado de la desaparición, puesto que ni Carabineros ni el jefe militar de la zona habían sido informados del hallazgo.

A las 4:45 todos volvían a la casa, pero Adriana quiso pasar a la guardia del Melocotón para avisar sobre la desaparición. Ahí contactaron al BIE, quienes preguntaron a qué personas podían llamar para informales sobre lo sucedido con el coronel, a lo que Adriana respondió dando el número de Richter Nuche, coronel representante del comando de Ingenieros, que estaba en Llanquihue y podía informarle sobre lo que pasaba a Julio Muñoz y avisarle a los padres de Adriana Polloni, quienes veraneaban en Puerto Varas.

Cuando Muñoz le contó lo sucedido a Jorge Polloni, el padre de Adriana, recordó una conversación que sólo cuatro días antes del 29 de enero había sostenido con Julio, quien muy preocupado le había dicho: “Creo que Gerardo se va a suicidar”

A las 6:15 volvieron al puente El Toyo. Allá llegaron tres autos con personal del BIE, uno de los cuales llevó a Adriana a conversar con el capitán Reyes, de la comisaría de San José, quien le pidió que no diera aviso de una presunta desgracia, puesto que ello podría alarmar a la prensa y entorpecer la investigación. Ella le hizo caso, notando en todo caso lo extraño que era el hablar de tragedia a tan pocas horas de la desaparición de su marido. Esa madrugada, Ana se llevó a su amiga con Alex a la casa, pero Elwin no volvió, él se quedó en el puente junto a Lizárraga y Provis.


Los compadres de la familia Huber.

El teléfono sonó temprano, era Víctor Lizárraga quien necesitaba que le describieran con minuciosidad las zapatillas que había utilizado Huber por última vez. La esposa del coronel, sentada en el living de su casa con las zapatillas entre sus piernas, lo hizo desde el teléfono que grababa toda conversación que se realizara:

-Oye, eeeh, ¿qué número calzaba Gerardo? –preguntó Lizárraga.
-39 –respondió Adriana, reflejando una notoria inquietud en su voz quebrada y cansada.
-39, ya –repitió Lizárraga con tranquilidad, como si tuviese todo el día a disposición.
-Calza –interrumpió Adriana Polloni con un previo suspiro que denotaba haber llorado por mucho tiempo.
-Calza –repuso Víctor y luego agregó -Y me gustaría por ahí, si tú encontraras alguna fotografía de la ropa que usaba Gerardo. ¿La usó alguna vez anteriormente o no?
-¿Qué cosa?
-La ropa.
-No vi nunca toda la tenida puesta, porque era un pantalón de Alex, pero se lo probó antes de salir.
-¿Y que marca era el pantalón? –preguntó Lizárraga con notorio interés.
-Riccardi.
-¿Riccardi? –repitió para asegurarse de que ésa era la marca del pantalón que usó Huber el día de su desaparición.
-Sí. Riccardi -dijo Adriana colgando el teléfono tras una extraña conversación, aparentemente sin importancia, pero que sería vital para comprender que la teoría del suicidio de su marido no era cierta, que se trataba de un asesinato y que en él participaron personas que nunca hubiera imaginado.

La intuición de Adriana se debía a que desde la desaparición de su esposo se venía especulando sobre su muerte. El 30 de enero de 1991, el mismo día que su amiga Ana tomó el protagonismo en las decisiones por la desaparición de su compadre, “La madriguera del puma” dejó de ser un lugar de paz y tranquilidad para la familia Huber. A la llegada de Julio Muñoz y los padres de Polloni desde Llanquihue, se le sumaba un sin número de militares que desfilaban entrando y saliendo de la casa, dando órdenes a Adriana e hijos, a quienes no les estaba permitido salir a la calle sin un guardaespaldas, ya sea para hacer una llamada por teléfono o para ir a comprar un chicle.

Esa tarde también estaban Loreto Tapia y su marido Hernán, quien solo estuvo hasta las 5.00 am del 31 de enero debido a que un auto, al parecer del ejército, había llegado a la casa de los Tapia Guerrero con la misión de sacarlo de ese lugar. Además, a las 21:00 horas, llegó Clina, la hermana de Adriana, hasta San Alfonso.

En la casa de los Tapia Guerrero la tristeza superaba la preocupación, ya que había pasado casi un día y Huber no aparecía. Desde un principio a Adriana le extrañó la actitud de Ana, Elwin y también la de Julio Muñoz. Entre los tres se encargaron de que todas las cosas no quedaran en manos de ella. Se preocupaban de hablar con la prensa, los militares y carabineros. Eran ellos los que declaraban y decidían quién podía entrar o no a la casa. Mucho más extraño le parecía que desde un principio se refirieran a la muerte de su marido, calificándola como suicidio, hecho que Elwin adjudicaba a la gran depresión en la que estaba su compadre. No obstante, su mujer e hija, hoy son tajantes en negarlo. Para Loreto “un militar como el tío Gerardo, que amaba a su familia no habría hecho algo así”, argumento que, según Adriana, no era el mismo a fines de enero de 1992.

Clina Polloni recuerda que el 30 de enero fue Loreto quien le dio la noticia sobre la desaparición de su cuñado. Directamente le dijo que Gerardo Huber se había suicidado en San Alfonso. Julio Muñoz también se encargó de difundir esta tesis. Durante la tarde salió a caminar con Astrid, la hija mayor del matrimonio Huber, y le contó: “Tu padre se suicidó, tenía muchos problemas”.
“La madriguera del puma” dice el cartel de madera tallada que cuelga en el portón de la casa de los Tapia. Hay 20 metros que ocupan de estacionamiento de autos y en el fondo está la casa de madera donde Elwin Tapia vive durante todo el año. Trabaja haciendo esculturas de fierro y yeso. Él asegura hoy que en la oscura y pequeña pieza donde Gerardo Huber durmió su última siesta, aún se escuchan ruidos de su compadre, también apaga luces, mueve ollas y sartenes “porque a él le encantaba cocinar”, dice el dueño de casa con voz temblorosa y una mirada perdida tras sus grandes anteojos ópticos. Su pelo es largo y blanco, usa bigotes y ropa ligera, especial para trabajar en su taller de dos pisos, donde asegura que “nunca les voy a perdonar a los militares lo que hicieron con mi compadre”. Lo extraño es que pese a su acérrima postura, conserva en su lugar de trabajo una foto donde su nieto, Felipe García Tapia, de unos 10 años, está sentado en el mismo sillón del despacho de Augusto Pinochet Ugarte, el hombre que sentenció el destino de su mejor amigo.

Ana Guerrero suele ir todos los fines de semana a la casa de San Alfonso. Casi siempre los acompaña Loreto con alguno de sus tres hijos. Madre e hija son profesoras del Colegio Apoquindo de Lo Barnechea, lo que les impide ver a Elwin durante la semana. Ana tiene el pelo café claro, cortado hasta los hombros y una chasquilla perfectamente delineada que atraviesa la mitad de su frente. Es de contextura abultada, a simple vista no supera el metro 60 centímetros, su nariz es gruesa y la boca recta y ancha. Con una voz ronca y firme dice soltando el humo del cigarro: “Nunca le voy a perdonar a la Adriana que nos haya culpado como encubridores del asesinato de Gerardo”.


***

Uno de los tantos militares que habían invadido la casa de San Alfonso llevaba consigo una máquina de escribir y lo acompañaba su superior. Ambos se acercaron a la mesa del comedor, acomodaron la máquina y tomaron las declaraciones de cada uno de los que habían estado las últimas horas con el coronel Huber. El militar a cargo de ello era Manuel Provis, comandante del Batallón de Inteligencia del Ejército, el mismo que había interrumpido sus vacaciones en el norte por motivos de un trabajo que no le correspondía.

Provis aclaró a sus entrevistados que no podían dar el nombre de Hernán García Pinochet. Proteger ese segundo apellido fue una de las misiones de quienes rodearon a los Polloni durante esos días.

Mientras el comandante tomaba apuntes, Adriana aguardaba sola en una de las piezas. Desde que había vuelto a la casa el 30 en la mañana, no la había dejado salir de la casa ni hablar con nadie. Las pastillas que le dieron ayudaban, lo único que hizo fue dormir y por más que intentaba levantarse, su cuerpo no se lo permitía, y cuando las fuerzas llegaban, otra pastilla la mantenía al margen.

Fue la última en declarar su versión a Provis. Se sentó frente a él y esperó la primera pregunta. Una a una fue respondiéndolas, tratando de recordar en detalle cada hecho. Entre una y otra pregunta, se impresionó por la gran cantidad de militares que había en la casa. Pudo reconocer a Víctor Lizárraga, compañero del coronel en la Escuela Militar, que por esos años ejercía como secretario de coordinación de la Dirección de Inteligencia del Ejército (DINE). También recuerda a Carlos Krumm, encargado, como Lizárraga, de controlar quién podía entrar a la casa.

Tras responder una serie de preguntas, la máquina de escribir soltó el último papel. Provis le pidió que firmara para validar la declaración, pero antes de hacerlo, y aún bajo los efectos de los medicamentos, la esposa del coronel Huber revisó los escritos y advirtió que éstos no coincidían con lo que ella había relatado. “Yo no voy a firmar esto, jamás dije que mi marido se había suicidado”, le reprochó enfurecida, mirando fijamente a su entrevistador, quien insistió sin obtener los resultados deseados.

Los días, como la investigación, avanzaban lentos. Carabineros rastreó junto a un grupo de perros más de una vez el río Maipo sin éxito, razón por la cual se acercaron hasta la casa de Ana para pedir la ropa de Huber y de esta manera, que los perros pudieran buscarlo. La dueña de casa recordó que aún su ropa estaba en una de las piezas, donde se cambió antes de salir por última vez. Se la entregó a los uniformados, pero dijo que ella los acompañaría para asegurarse del uso que le darían. Cuando llegaron al puente, los carabineros refregaron la ropa de Gerardo Huber en el hocico de los perros.

Tanto Ana como el resto de la gente que estaba en el puente, esperaban que en el momento de soltar a los perros, éstos corrieran en dirección al río, pero no fue así: los animales partieron hacia el cerro. Desde el puente donde luego encontrarían al coronel Huber, salía un camino que conectaba el pueblo de Pirque con el de San José de Maipo. En el primero, estaban las instalaciones del Batallón de Inteligencia del Ejército, uno de los tres lugares donde Gerardo Huber posiblemente estuvo secuestrado durante los 20 días en que su familia, amigos, militares, Carabineros e Investigaciones buscaron sin resultados.

El 6 de febrero, casi dos semanas antes de su hallazgo, Adriana decidió volver a Santiago junto a sus hijos mayores. A José Ignacio lo mandó a la casa de Clina, en Linares, para que estuviera más tranquilo. Quería volver porque había escuchado rumores sobre la presencia de personas extrañas en su casa. “Me decían que revisaban hasta el refrigerador en busca de ciertas fotos que eran parte de los documentos que guardaba Gerardo”, recuerda.

Al llegar, constató que los rumores eran reales; su casa había sido registrada de punta a punta y estaba totalmente desordenada. No se trataba de un robo porque todo estaba ahí. De vez en cuando llegaban militares preguntando por unos papeles que tenía el coronel Huber y que era necesario encontrar. Después de unos días, Adriana comprendió que buscaban los mismos papeles que su marido había quemado frente a ella, un mes atrás en el patio de su casa. “Muchos no me creían que los había destruido, pero Gerardo se encargó de que todos viéramos que eliminaba los documentos, incluso rompió negativos de fotos y le encargó a Astrid que los botara en un basurero cercano a la rotonda Atenas”, cuenta Adriana.

No pasó mucho tiempo sola porque llegó a su casa de calle Vizcaya, en Las Condes, su amigo Julio Muñoz, quien había estado junto a ella todos los días después del 30 lamentando la desaparición de su compadre Gerardo Huber. Adriana recuerda que, tal como lo hizo en San Alfonso, Julio tomó el control de todo. “Llegaba muy temprano y se iba como a las 11 o 12 de la noche. Controlaba todo lo que hacíamos, decidía quién podía visitarnos y a dónde podíamos ir”, dice.

Febrero comenzaba lento. Militares, policías e incluso desconocidos ejercían un control cada vez más agobiante sobre lo que hacía Adriana y su familia. Clina Polloni, que se encontraba en Linares junto a José Ignacio, recuerda que antes del hallazgo de su cuñado, su padre la llamó para advertirle que recibiría una visita extraña y que debía esconder de inmediato a José Ignacio. Minutos después se estacionaron dos autos frente a su casa del fundo Ravones. En uno venía Manuel Provis de copiloto y en el segundo Julio Muñoz y Jorge Polloni.

Muñoz y Provis estaban ahí por dos razones. La primera y la más importante era la urgencia por encontrar unos papeles que Huber debía haber guardado en algún lugar. La segunda, llevarse a José Ignacio a Santiago, argumentando que el menor necesitaba asistencia sicológica para enfrentar la muerte de su padre o, como Provis testificaría años más tarde en la investigación judicial, la visita también se debía a que el pequeño podía manejar información privilegiada sobre el Caso Armas, porque fue la persona con la que Gerardo Huber pasó más tiempo antes de su desaparición. Esto, a pesar de que el hijo del coronel sólo tenía seis años.

A Clina le llamó la atención el argumento de los militares; se supone que todavía no se sabía qué había pasado con el coronel Huber y aún ella y su familia mantenían la esperanza de que estuviese con vida. Por lo mismo, Clina y su padre se negaron a entregar a José Ignacio y les negaron los documentos, argumentando que Huber los había quemado semanas antes.

No sería la única visita que Clina recibió en el fundo de Linares. Días después, el 15 de febrero, Adriana llegó acompañada de Alex y Astrid en un jeep del Ejército. Durante la tarde también estuvo el coronel Víctor Lizárraga, quien, como los anteriores oficiales, venía en busca de los mismos papeles. Ninguno de los militares que solicitó los documentos se refirió a su contenido, pero a esa altura Adriana ya comprendía su importancia.

Al volver a Santiago, los Huber se encontraron en la casa nuevamente con Julio Muñoz, quien permanecía junto a otros militares consignando cada paso que realizaban y cada llamado telefónico que se efectuaba. Adriana recuerda que todos los días recibía la visita del coronel Krumm en su casa, quien antes de conversar en privado con Muñoz “se acercaba, me saludaba y me contaba un chiste, que según él servía para subirme el ánimo”, comenta hoy día en el patio de la misma casa que tiene desde el año 1977.

Los días para Adriana se volvieron repetitivos, entre los informes de Julio por teléfono, los chistes de Krumm y los militares que entraban y salían de la casa. Unos en busca de los papeles, otros presionándola para que sus hijos vieran a un sicólogo o para asegurarse de que tomaran los ansiolíticos que intentaban embutirles a toda costa. Sin embargo, esa rutina se quebró el 20 de febrero, horas antes de la llamada de Víctor Lizárraga a Adriana, a propósito de la ropa que Huber usó por última vez.

El quiebre se vio reflejado con otro contacto telefónico, pero esta vez entre el mayor Barrientos y Carlos Huber, hermano del coronel.

-Aló, ¿con Carlos Huber? –preguntó Barrientos en voz baja, en señal de respeto.
-Habla con Carlos Huber.
-Don Carlos, soy el mayor Barrientos nuevamente.
-Ah, mayor Barrientos –respondió Carlos en el tono fatigado de quien escucha por enésima vez el llamado de una persona en un mismo día -¿Qué novedades hay?
-Eh… negativas, ya está confirmado que es Gerardo –respondió Barrientos manteniendo el tono. Estaba claro que el cuerpo encontrado era el de Gerardo Huber. Su voz demostraba un tono complaciente, como si cerca de él estuvieran los familiares de la víctima.
-¿Es Gerardo? –con falsa calma dudaba el hermano del coronel muerto.
-Sí.
-¿Está confirmado ya?
-Sí, aunque no oficialmente.


Era clara la importancia y el objetivo de la llamada de Víctor Lizárraga a Adriana Polloni, el 20 de febrero de 1992 en la mañana: Lizárraga debía saber qué llevaba puesto Gerardo Huber al salir de la casa de los Tapia la noche de su desaparición. La idea era obvia; si Huber se había suicidado, el cuerpo debía llevar la misma ropa de aquella noche.

Al lugar donde se encontró el cuerpo del coronel (sector de La Obra) llegó un helicóptero de Carabineros que retiró sus restos y los trasladó hasta Santiago. Durante los primeros minutos del hallazgo, el cuerpo de Huber sólo pudo ser analizado por militares. No obstante, luego de una autorización del personal militar, se le permitió al inspector Pedro Gutiérrez de la Brigada de Homicidios examinarlo, siendo la primera persona de la Policía de Investigaciones en verlo. También llegó Octavio Ulloa, perito de Investigaciones, que debía identificar el cuerpo para comprobar que se trataba de la misma persona. Junto a él había personal del Complejo Químico del Ejército ubicado en Talagante, a los que pudo identificar ya que los conocía del Hospital Militar donde trabajaba de vez en cuando.

La espera para él fue mayor, estuvo alrededor de cuatro horas, a unos cuatrocientos metros del cuerpo, sin poder ingresar para realizar su trabajo. Luego llegaron trabajadores del Servicio Médico Legal (SML), quienes alrededor de las 16 horas pudieron trasladar los restos de Gerardo Huber a Santiago.

A pesar del intento de los militares por demostrar que el cuerpo del coronel había estado ahí desde el 29 de enero en la noche, Adriana sabía que esa no era la verdad. Ella intuía que todo era un montaje y estaba en lo cierto, aún más cuando ya sospechaba hasta de sus mejores amigos y de quienes la rodearon desde que su marido desapareció de la casa de los Tapia.

Los antecedentes pericial-criminalísticos recopilados hasta hoy evidencian que el cuerpo de Gerardo Huber, al momento de ser encontrado, tenía sus huellas dactilares borradas con esmeril, sus partes blandas y cuero del cinturón intactas, sin mordeduras de ratones, que por la zona abundan. Además, es imposible que sus lesiones hayan sido provocadas por una caída de gran altura, debido a que solo tenía dos costillas rotas, y el desprendimiento de la masa ósea no pudo haber sido provocada únicamente por el arrastre de las aguas. Las fracturas presentadas en el cráneo de Huber fueron provocadas por un impacto de bala explosiva de grueso calibre, proveniente de un rifle de larga distancia con mira telescópica.

Otra manera que utilizaron los encubridores de este asesinato para validar la tesis del suicidio fue planteando la hipótesis de que por el “síndrome vertiginoso”, el coronel Huber había sufrido una pérdida de equilibrio cayendo a las aguas desde el puente El Toyo. Esa conjetura no es viable debido a que la baranda del puente llega hasta más arriba del ombligo de una persona de 1,70 metros, misma estatura de Gerardo Huber, argumento que por gravedad ya no tiene cabida.

Por último, la presencia de “restos alimenticios sólidos en el estómago”, según se comunicó en el primer informe del SML, significaba que el coronel había comido al menos dos horas antes.

El caso fue caratulado por la investigación judicial militar como muerte, y así mismo permaneció hasta el 2005, a pesar de las pruebas que indicaban la participación de terceros como actores de un homicidio calificado.