Durante los últimos días de vida del coronel, Adriana llamó a la oficina para hablar con su marido. El teléfono lo contestó Teresa Carvajal, la secretaria de
Huber, quien de inmediato preguntó por el estado de salud de su jefe:
-Señora Adriana ¿El coronel estuvo muy mal ayer?
-¿Por qué?-contestó la mujer de Huber, con incertidumbre por la respuesta que escucharía.
-Porque se fue mal de acá… -agregó la secretaria.
-Pésimo, súper mal. Yo no hayo qué hacer.
La depresión del
coronel Huber era evidente, ya no sólo frente a su círculo familiar, también en el trabajo percibían los malestares que sentía. Incluso Carvajal le recomendó a su jefe que tomara días de descanso, lo que
Gerardo Huber realizó días más tarde.
La voz de Adriana suena fuerte, pero a ratos desciende su intensidad. Está inmersa en un personaje que nunca hubiese querido interpretar. Sus palabras fluyen sin dar mucho espacio a la respuesta de sus interlocutores y son potenciadas por su mirada directa, de enormes ojos celestes, casi turquesa. Aparenta un carácter duro, rígido, aunque a ratos asoma una mujer cálida. Parece un juego de adivinanzas: ¿Cómo será la verdadera Adriana Polloni? ¿Qué se esconde detrás de ese rostro desgastado por tanto sufrimiento?
Vive junto a José Ignacio en la misma casa que ella y
Gerardo compraron en 1977, apenas volvieron a Santiago luego de su paso por el sur. Conserva los recuerdos de un tiempo que nunca debió terminar, cuando no dudaba de sus amigos, cuando salir de su casa no significaba ver miradas de ex militares que la juzgan por todo el accionar judicial que ha llevado adelante.
Adriana recuerda con exactitud los últimos días que pasó con su marido. Estos comenzaron cuando la familia Huber pasaba un fin de semana en San Alfonso aprovechando la licencia médica del coronel. El parte elaborado por el médico del Hospital Militar, el Mayor Helmut Schweitzer, decía que
Gerardo Huber padecía de un “síndrome vertiginoso” debido al estado de tensión por el que estaba pasando. Sin embargo, nadie objetó que un síndrome de esa naturaleza no lo origina el stress; al contrario, es parte de una patología humana. El documento médico no describe una enfermedad real y, en consecuencia, no se justificaba la licencia.
Ese verano,
Huber y su mujer recibieron una invitación para ir a Israel, donde lo esperaría el agregado militar chileno
Víctor Lizárraga. Los acompañaría
Julio Vandorsse, en ese entonces director de la Escuela de Paracaidistas y recientemente nominado a cargo del proyecto sobre misiles LAR de procedencia israelita. Pero
Gerardo estaba con orden de arraigo tras su primera declaración sobre el
Caso Armas, llevado por el juez
Hernán Correa de la Cerda, por lo que
Vandorse debió viajar solo.
En un principio los
Huber Polloni pensaron partir a Puerto Varas como solían hacerlo todos los veranos con la familia de
Muñoz. Sin embargo, Gerardo desechó la idea porque los primeros días de enero todavía era posible que lo citaran a declarar a la justicia.
La situación de
Gerardo era cada vez más crítica y Adriana comenzó a notar que se comportaba de una manera extraña. Eso bastó para que ella tomara un block de papel pre picado y comenzara a escribir todo lo que veía. Era el 29 de enero del 92, mismo día en que partirían a la casa de los
Tapia, en San Alfonso, donde ya estaban dos de sus tres hijos, Alex y José Ignacio.
“Éramos muy buenos amigos.
Gerardo, padrino de mi hija Loreto, no necesitaba avisar cuando quería venir a nuestra casa del Cajón”, cuenta hoy Ana Guerrero.
De sus notas se lee lo siguiente:
11:00. Arregla ropa, yo ya tenía cosas de él en mi bolso. Pasé su chomba que él quería llevar, la que usó Astrid en el invierno. Blue jeans de Alex, calzoncillos y pañuelo. Él guarda en otra bolsa del Jumbo, zapatillas azules, iguales a las que tenía en San Alfonso olvidadas (antes llevó parca y botas), la parca se le olvida acá. 3 pares de calcetines de lana. El maletín negro y gris se queda en casa. Se preocupa de chequear la alarma.
Ese mes,
Gerardo estuvo ocupado en encontrar un buen sistema de alarma para proteger la casa. Alex, su hijo mayor, debía aprender a manejarlo a la perfección. “Él sería el responsable de la alarma, debía conocer cada circuito, cada conexión, cada cable y saber qué hacer en caso de alguna falla”, recuerda
Adriana. También se obsesionó por un maletín negro y gris, que fue a buscar el 25 de enero, junto a su esposa e hijo menor, a la oficina del edificio de las Fuerzas Armadas, en calle Zenteno. Guardaba en el bolso algunos documentos de trabajo.
Adriana recuerda que calculó que debía estar muy pesado por la forma en que lo arrastraba.
Luego de recoger el maletín, el mismo 25, partieron a San Alfonso. Llegaron a almorzar, y una vez que terminó la tertulia de la sobremesa,
Gerardo le dijo a su mujer que llevaría el auto para que le cambiaran el aceite. Todos se sorprendieron: hacía sólo un par de semanas que lo había hecho.
Adriana recuerda que su marido volvió tres horas después y que en el momento de prepararse para volver a Santiago, notó que el maletín gris no estaba en la maleta del auto como a la ida, esta vez se encontraba sobre los asientos traseros. Curiosamente, al moverlo para hacerle un espacio a José Ignacio,
Adriana advirtió que no pesaba tanto como había creído. Después se enteraría de que una parte importante de esos papeles ya no estaban dentro del maletín, y que serían la causa principal de la muerte de su marido.
Gerardo había eliminado las evidencias de distintas
operaciones ilícitas.
Pero eso no fue lo más curioso que se desprende de las notas de
Adriana Polloni. Una de las claves para entender el extraño comportamiento de
Gerardo fue la ropa abrigada que insistió en llevar en su segundo viaje a
San Alfonso el día 29 de enero, en pleno verano. Ahora se entiende que tenía razón: si lo tomaban preso, lo que era altamente probable, necesitaría abrigo, y si lograba su propósito de arrancar a Argentina, también se justificaba por la helada cordillera.
Los escritos de
Adriana continúan así:
Llegamos a casa, José Ignacio está en casa de Carmencita,
Gerardo pide auto prestado a
Elwin para ir a buscarlo, se demora bastante.
13:30-14:00. Almorzamos con familia
Tapia, Hernán y Loreto comentan su programa de ir a Bucalemu por aniversario del abuelo.
15:00 a 18:00.
Gerardo duerme siesta, se levanta y sube a la piscina donde estamos todos (Elwin queda adentro durmiendo la siesta). Elwin se levanta antes y va a casa de Matilde en auto, dice que quiere le arreglen las uñas de los pies.
Gerardo pregunta por Elwin y le contamos a lo que fue, espera que José Ignacio se vista y me ayuda a peinarlo. Comenta que quiere ir a caminar con Astrid, pero ella está en traje de baño acompañada de unos amigos. Se va caminando a casa de tía Matilde con José Ignacio para dejarlo allá, hablan de los nintendos de los niños de Carmencita.
20:30. Vuelve Elwin con
Gerardo (compraron cigarrillos). Tomamos once comida, Gerardo está súper tranquilo. Loreto y Hernán preparan sus cosas para irse a Bucalemu en la camioneta de Hernán.
Gerardo pide disculpas y se levanta a ver las noticias, nosotros pensamos ir caminando a buscar a José Ignacio a casa de Carmencita. Le decimos a él y dice que una vez terminadas las noticias nos acompaña. Resolvimos partir caminando, Elwin saca auto afuera del estacionamiento,
Gerardo le pide las llaves por si nos va a buscar en auto.
Vamos Anita, Elwin, Alex, Astrid y yo.
21:15. Terminan las noticias y
Gerardo les ayuda a cuidar al niño a Loreto y Hernán, mientras suben las cosas al auto,
Gerardo pregunta a ellos varias veces antes si se van. Parten como a las 21:45 y en la altura del puente el Toyo se devuelven, pues la Loreto se da cuenta que su cartera la había olvidado en casa.
Al regresar se baja Hernán y encuentra la casa abierta, luces prendidas, televisor prendido. Esto a las 22:15. Apaga el televisor y deja la casa con las luces prendidas y puerta abierta, se dieron cuenta que
Gerardo no estaba y el auto que estaba en la calle tampoco estaba. Pensaron que él nos había ido a buscar a casa de Carmencita. Esto lo cuenta Loreto Tapia. No vieron cruzar el auto, mucha oscuridad.
Carmen Guerrero o Carmencito, como se lee en la nota, es la hermana de Ana y, como ella, muy cercana a la familia
Huber. Ese día, involuntariamente, se convertiría en una de las piezas importantes del puzle para la desaparición del coronel
Huber. El afecto entre José Ignacio, Carmen y sus hijos, se fue cultivando con el tiempo. Al niño le gustaba ir a su casa; especialmente ese verano, porque ahí podía jugar Nintendo.
En eso estuvo casi todo el día 29, y por lo mismo, en casa de Ana se preparaban para ir a buscarlo. Salvo el
coronel. Se excusó porque esperaba las noticias. Necesitaba saber si había algún nuevo informe relacionado con el caso de exportación de armas a Croacia. Sin embargo, se trataba sólo de un pretexto porque desde hacía una semana el tema no se mencionaba en los medios y tal noche no fue la excepción. Más tarde, este hecho sería otra de las evidencias en la investigación.
Estaba inquieto y ausente. Según Elwin Tapia,
Gerardo estaba extenuado, “y yo mismo le recomendé que se quedara, ya que así podría descansar”. Todos estos acontecimientos lo tenían absolutamente abatido. Quizás el temor a un infortunado desenlace motivó su intención de salir a caminar con su hija Astrid; era probable que fuera la última vez que la vería en mucho tiempo.
Sin duda
Gerardo Huber necesitaba quedarse solo en casa. Tenía planes que todos ignoraban. Esa noche debía tomar el auto de Elwin no para ir a buscar a su familia a la casa de Carmen, como había dicho, sino para ir hasta el puente El Toyo, donde el propio
General Pinochet lo habría citado para hablar sobre su situación luego de la exportación de armas, de la que era cómplice.
A las 20:45, minutos antes de salir, Loreto hacía los preparativos para partir a Bucalemu con su marido
Hernán García. Mientras tanto,
Gerardo entretenía a Felipe con juegos ajenos a lo que acostumbraba. Esto llamó la atención de su ahijada; también la insistencia del coronel en que no debían viajar esa noche, argumentando que era peligroso. Sin embargo, la verdad que motivaba su propuesta se afirmaba en la angustia de no volver a verlos.
“Él no era muy de piel, era… no frío, pero era milico, poh. Y ahora que lo pienso, fue rara su reacción. Mijita, me decía, yo llevo al Felipe. Había tomado a la guagua, le había cortado las uñas, raro en él, y me dio un abrazo como rico”, dice la hoy día ex esposa de
Hernán García Pinochet, mientras fuma un cigarrillo en la misma casa donde 18 años atrás desapareció
Gerardo Huber.
La calidez que sintió Loreto de su padrino se añadía a su insólito comportamiento. Si en ese momento hubiera sopesado el hecho de que
Gerardo le pidiera el Nissan gris a su amigo Elwin, teniendo el suyo en la misma casa, seguramente habría desistido de hacer el viaje.
Ya en camino, a escasos metros del puente El Toyo, a la pareja les llamó la atención que en la berma hubiera tres vehículos iguales y bastante modernos para la época. Eran oscuros y en su interior no había nadie. Un par de kilómetros más abajo, al pasar por el Melocotón Bajo, Loreto se acomodó en el asiento. Un segundo después, como si ese acto hubiera sido un resorte, recordó que había olvidado su cartera. A
Hernán no le quedó más remedio que retornar.
Volviendo a
San Alfonso, los
García Tapia se detuvieron en El Toyo a botar la basura del auto. Al bajarse, Loreto notó que ya no estaban los autos de la berma. Tampoco el Nissan gris de su papá en la casa. Y la puerta de entrada estaba abierta, el encendedor y los cigarrillos de Gerardo continuaban sobre la mesa, el televisor seguía prendido y todas las luces encendidas, incluidas las que Loreto había apagado antes de partir. A pesar de lo extraño, la ahijada del
coronel pensó que lo más probable era que su tío hubiera ido a buscar al resto de la familia donde Carmen, tal como habían quedado. Se estaba haciendo tarde, razón suficiente para volver. Esta vez a San Pedro, a medio camino entre
San Alfonso y Bucalemu, donde pasarían la noche para seguir al día siguiente a la celebración del aniversario de
Augusto Pinochet y Lucía Hiriart.
Hasta hoy ni a la justicia ni a
Adriana les queda claro este último punto. Las discrepancias entre quienes estuvieron con
Gerardo por última vez no ayudan. En sus primeras declaraciones, García afirma que fue él quien entró a la casa a buscar la cartera de su mujer, pero Loreto asegura que no fue así. Es curioso además que, después de 18 años, ella cuente con bastantes detalles lo que vio. No sería la única ni más grave contradicción entre quienes estuvieron con
Gerardo por última vez.
Lo cierto es que
Huber nunca llegó a la casa de Carmen. Sabía que su vida dependía de su silencio, aunque ya se había quebrantado en sus declaraciones informales al
juez Correa de la Cerda el 20 de enero de 1992, instancia en la que le confesó las ilegalidades en las que había sido implicado: el modo en que éstas operaban y los involucrados en cada uno de los casos de tráfico de
armas a Croacia e Irán, narcotráfico de coca Negra o coca Rusa, como también le llamaban, y los efectos de dichas operaciones, como la muerte de Berríos en Uruguay el año 95 y los asesinatos del General Prats y de Orlando Letelier en los años setenta.
Los tres vehículos que había visto Loreto en el puente esperaban a
Gerardo Huber. Es decir, muy de cerca, venía su tío en el Nissan gris. Lo que no supieron o no detectaron es que se detuvo en el puente y partió inmediatamente al BIE –Brigada de Inteligencia del Ejército. Lógicamente, no había rastro de esos autos cuando ellos debieron volver a buscar la cartera de Loreto. Tantas discordancias hoy son causa suficiente para que Adriana desconfíe de ellos.
Mientras eso sucedía, a un kilómetro de la casa de los Tapia el resto de la familia volvía a pie con José Ignacio. No es que estuvieran preocupados, pero ya eran las 22:45 y no querían seguir esperando. Sin embargo, al llegar, la puerta de la casa estaba abierta y el televisor y las luces prendidos. Sin saberlo, Loreto (o Hernán) había entrado a la casa algunos minutos antes y había encontrado lo mismo. Es raro que no hubieran cerrado la puerta de entrada al notar que su tío ya no estaba en casa.
Adriana siempre sintió algo extraño en ese momento, algo le decía que la ausencia de su marido podría significar algo más. Ana le ofreció un café en la cocina y Elwin, el amigo de Gerardo, decidió irse a dormir, restándole importancia a la situación. Esto tampoco era normal para la mujer de Gerardo. La situación la tenía impaciente. Mandó a José Ignacio a la cama porque también estaba muy alterado. Su madre le puso el pijama y esperó a que se quedara dormido, sin embargo el niño no podía cerrar los ojos, y con una frase agorera, le preguntó: “¿y si mi papá se cayó a un barranco?”. “No sea leso y duérmase tranquilo”, le contestó ella sacando una revista que no leyó.
“Creo que Gerardo se va a suicidar”
Eran las doce de la noche, ya había pasado casi una hora y la impaciencia de Adriana Polloni aumentaba. “Era raro todo, la Ana me decía que estuviera tranquila y cada cierto tiempo, Elwin se levantaba y preguntaba por su amigo. ¿Llegó o no llegó? Ah, puta mi compadre que es huevón, decía él y se volvía a dormir”, relata Polloni en el living de su casa. Esta actitud de Elwin no sería la única que molestaría a la esposa de Huber: recuerda que su compadre sería uno de los primeros en barajar la tesis del suicidio de su amigo, aún cuando todos confiaban en que regresaría.
En el patio, alrededor de la piscina, seguían Astrid con sus amigos; Alex, Elwin y José Ignacio dormán. Ana y Adriana, en cambio, habían tomado la decisión de partir a buscarlo. Su primera parada fue la casa de Carmen, hasta donde Huber se había comprometido en ir a buscarlas. Ana convenció a su amiga de no decirle nada al respecto, para no alarmarla, aunque igualmente las luces estaban apagadas. Siguieron hacia la Guardia del Melocotón. Posiblemente, Gerardo Huber podía estar ahí realizando una llamada telefónica, ya que durante esos días el coronel había sido explícito en que una condición básica para salir de vacaciones era tener un lugar donde lo pudieran ubicar frente a cualquier emergencia. Pero en ese lugar tampoco estaba.
Ante el fracaso de la búsqueda, Ana comenzó a tomar las decisiones. Primero resolvió bajar a San José de Maipo para ver si estaba donde los carabineros. No lo habían visto; tampoco al Nissan gris. Entonces Ana decidió llevarse a su amiga de vuelta a San Alfonso.
El 30 de enero de 1992 comenzó temprano para Adriana Polloni. A la una de la madrugada seguía esperando la llegada de su marido, pero el coronel ni siquiera daba señales de vida. Decidió despertar a Alex para que la acompañara a inspeccionar el sector por segunda vez. Quizá tendrían mejor suerte. De inmediato salió la dueña de casa asegurándoles que no era tan grave lo que sucedía, que Gerardo ya llegaría.
Igualmente Alex tomó su linterna y una radio Handy para comunicarse con Astrid en caso de emergencia, subieron al auto por segunda vez y siempre acompañados por Ana Guerrero. Media hora más tarde, los tres volvieron sin noticias. Al llegar, Adriana fue a ver a José Ignacio, se sentó en la cama y notó que su marido se había cambiado de ropa antes de salir, llevándose puesto los blue jeans de Alex, la chomba que Astrid había usado el invierno pasado y las zapatillas deportivas azules. Toda esa ropa era la misma que Huber había decidido llevar a pesar de lo extraño que le pareció a su mujer, cuando preparaban las maletas en Santiago, antes de partir a “La madriguera del puma” el 29 de enero en la mañana.
Tampoco estaban su pistola de servicio, el reloj ni la billetera. Adriana, ahora con mucho nerviosismo, revisó si algo más se había llevado el coronel antes de perderse esa noche. Volvía a aparecer Elwin, siempre con la misma tranquilidad, siempre preguntando por su compadre y volviendo a la cama tal como lo había hecho repetidas veces.
A las 02:30 horas, Adriana manejó una camioneta hasta la Subcomisaría de Carabineros de San José de Maipo, acompañada de Alex y nuevamente, casi de forma automática, de Ana, quien a esas alturas tomaba un protagonismo que hoy día Adriana recuerda como extraño: “Estaba muy pendiente de que las cosas funcionaran de la manera que ella decidía”. Fue Ana Guerrero quien habló con Carabineros y les informó que el hombre al que buscaban era coronel de Ejército. Frente a esto, los dos guardias despertaron a su capitán, informándole sobre la situación. Éste último se acercó a Ana y Adriana y escuchó atentamente la descripción de Gerardo Huber, sin embargo, en ese instante no podían hacer mucho más, porque no contaban a esa hora con un auto policial.
La preocupación de Adriana aumentaba temiendo que su marido hubiera salido a caminar y sufrido un accidente. Tenía que seguir buscando a su esposo. Atrás, en el pick up de la camioneta, iba Alex con su linterna y un reflector buscando en el oscuro camino al menos un rastro. Pasaron por el puente El Toyo, pero sin cruzarlo. Lo hicieron lentamente, hasta que notaron que al otro lado, en la berma oriente, había un auto estacionado, al parecer abierto y similar al Nissan gris de Elwin. Alex comenzó a gritar: “¡Papá!”, mientras se acercaban de a poco hasta comprobar que efectivamente era el vehículo que andaban buscando. El hijo mayor de Huber continuó gritando, pero del auto nadie bajó, los vidrios estaban empañados y por eso no podían ver si su padre estaba adentro. Temerosa, Adriana avanzó con cautela hacia el puente, pasaron muy cerca del auto, casi rozándolo, pero sin detenerse. Dieron la vuelta más adelante y repitieron la escena. Entonces notaron que definitivamente no había nadie. “No sigamos, comadre, volvamos a Carabineros para que ellos vengan a ver qué pasa”, le recomendó Ana a su amiga.
Eran las 3 de la madrugada, Ana Guerrero comenzaba a incomodarse por la ausencia de su amigo y tomaba, cada vez con más energía, el protagonismo. Le pidió a su amiga que la dejara manejar. Una vez que tenía dominada la situación, llamó a Elwin por radio para que fuera hasta el puente mientras ellos se acercaban a la Subcomisaria de Carabineros de San José, lugar al que llegaron en 15 minutos. Polloni fue la única que no se bajó del auto. Poco rato después notó que Ana y Alex se demoraban mucho para estar ahí por segunda vez en menos de una hora. Demasiado, tratándose de una urgencia.
Esperó los 25 minutos que tres carabineros demoraron en ponerse chalecos antibalas. Con ellos llegaron al puente donde ya estaba Elwin. Los policías abrieron la puerta del piloto, las llaves estaban puestas en el contacto. Lo echaron a andar, pero sin moverlo. Revisaron la maleta y los asientos, por si encontraban alguna carta o cualquier objeto que dejara alguna pista. Finalmente, aún alumbrando con linternas y con los focos de la camioneta, casi nada podían ver, por lo que se determinó que los carabineros se quedarían ahí hasta que Adriana volviera al amanecer. Uno de los carabineros recuerda haber tocado el capó del auto y, “como estaba frío, me di cuenta de que debía estar ahí hace un tiempo”, declaró ante la justicia años más tarde.
A las 4:30 quedaron estupefactos al ver llegar al lugar a Víctor Lizárraga, segundo hombre de la DINE, y Manuel Provis, Comandante del BIE y brazo operativo de la DINE, quien horas antes pasaba sus vacaciones en La Serena. La situación no dejaba de extrañar debido a que no existía ninguna forma de que estos últimos se hubieran enterado de la desaparición, puesto que ni Carabineros ni el jefe militar de la zona habían sido informados del hallazgo.
A las 4:45 todos volvían a la casa, pero Adriana quiso pasar a la guardia del Melocotón para avisar sobre la desaparición. Ahí contactaron al BIE, quienes preguntaron a qué personas podían llamar para informales sobre lo sucedido con el coronel, a lo que Adriana respondió dando el número de Richter Nuche, coronel representante del comando de Ingenieros, que estaba en Llanquihue y podía informarle sobre lo que pasaba a Julio Muñoz y avisarle a los padres de Adriana Polloni, quienes veraneaban en Puerto Varas.
Cuando Muñoz le contó lo sucedido a Jorge Polloni, el padre de Adriana, recordó una conversación que sólo cuatro días antes del 29 de enero había sostenido con Julio, quien muy preocupado le había dicho: “Creo que Gerardo se va a suicidar”
A las 6:15 volvieron al puente El Toyo. Allá llegaron tres autos con personal del BIE, uno de los cuales llevó a Adriana a conversar con el capitán Reyes, de la comisaría de San José, quien le pidió que no diera aviso de una presunta desgracia, puesto que ello podría alarmar a la prensa y entorpecer la investigación. Ella le hizo caso, notando en todo caso lo extraño que era el hablar de tragedia a tan pocas horas de la desaparición de su marido. Esa madrugada, Ana se llevó a su amiga con Alex a la casa, pero Elwin no volvió, él se quedó en el puente junto a Lizárraga y Provis.
Los compadres de la familia Huber.
El teléfono sonó temprano, era Víctor Lizárraga quien necesitaba que le describieran con minuciosidad las zapatillas que había utilizado Huber por última vez. La esposa del coronel, sentada en el living de su casa con las zapatillas entre sus piernas, lo hizo desde el teléfono que grababa toda conversación que se realizara:
-Oye, eeeh, ¿qué número calzaba Gerardo? –preguntó Lizárraga.
-39 –respondió Adriana, reflejando una notoria inquietud en su voz quebrada y cansada.
-39, ya –repitió Lizárraga con tranquilidad, como si tuviese todo el día a disposición.
-Calza –interrumpió Adriana Polloni con un previo suspiro que denotaba haber llorado por mucho tiempo.
-Calza –repuso Víctor y luego agregó -Y me gustaría por ahí, si tú encontraras alguna fotografía de la ropa que usaba Gerardo. ¿La usó alguna vez anteriormente o no?
-¿Qué cosa?
-La ropa.
-No vi nunca toda la tenida puesta, porque era un pantalón de Alex, pero se lo probó antes de salir.
-¿Y que marca era el pantalón? –preguntó Lizárraga con notorio interés.
-Riccardi.
-¿Riccardi? –repitió para asegurarse de que ésa era la marca del pantalón que usó Huber el día de su desaparición.
-Sí. Riccardi -dijo Adriana colgando el teléfono tras una extraña conversación, aparentemente sin importancia, pero que sería vital para comprender que la teoría del suicidio de su marido no era cierta, que se trataba de un asesinato y que en él participaron personas que nunca hubiera imaginado.
La intuición de Adriana se debía a que desde la desaparición de su esposo se venía especulando sobre su muerte. El 30 de enero de 1991, el mismo día que su amiga Ana tomó el protagonismo en las decisiones por la desaparición de su compadre, “La madriguera del puma” dejó de ser un lugar de paz y tranquilidad para la familia Huber. A la llegada de Julio Muñoz y los padres de Polloni desde Llanquihue, se le sumaba un sin número de militares que desfilaban entrando y saliendo de la casa, dando órdenes a Adriana e hijos, a quienes no les estaba permitido salir a la calle sin un guardaespaldas, ya sea para hacer una llamada por teléfono o para ir a comprar un chicle.
Esa tarde también estaban Loreto Tapia y su marido Hernán, quien solo estuvo hasta las 5.00 am del 31 de enero debido a que un auto, al parecer del ejército, había llegado a la casa de los Tapia Guerrero con la misión de sacarlo de ese lugar. Además, a las 21:00 horas, llegó Clina, la hermana de Adriana, hasta San Alfonso.
En la casa de los Tapia Guerrero la tristeza superaba la preocupación, ya que había pasado casi un día y Huber no aparecía. Desde un principio a Adriana le extrañó la actitud de Ana, Elwin y también la de Julio Muñoz. Entre los tres se encargaron de que todas las cosas no quedaran en manos de ella. Se preocupaban de hablar con la prensa, los militares y carabineros. Eran ellos los que declaraban y decidían quién podía entrar o no a la casa. Mucho más extraño le parecía que desde un principio se refirieran a la muerte de su marido, calificándola como suicidio, hecho que Elwin adjudicaba a la gran depresión en la que estaba su compadre. No obstante, su mujer e hija, hoy son tajantes en negarlo. Para Loreto “un militar como el tío Gerardo, que amaba a su familia no habría hecho algo así”, argumento que, según Adriana, no era el mismo a fines de enero de 1992.
Clina Polloni recuerda que el 30 de enero fue Loreto quien le dio la noticia sobre la desaparición de su cuñado. Directamente le dijo que Gerardo Huber se había suicidado en San Alfonso. Julio Muñoz también se encargó de difundir esta tesis. Durante la tarde salió a caminar con Astrid, la hija mayor del matrimonio Huber, y le contó: “Tu padre se suicidó, tenía muchos problemas”.
“La madriguera del puma” dice el cartel de madera tallada que cuelga en el portón de la casa de los Tapia. Hay 20 metros que ocupan de estacionamiento de autos y en el fondo está la casa de madera donde Elwin Tapia vive durante todo el año. Trabaja haciendo esculturas de fierro y yeso. Él asegura hoy que en la oscura y pequeña pieza donde Gerardo Huber durmió su última siesta, aún se escuchan ruidos de su compadre, también apaga luces, mueve ollas y sartenes “porque a él le encantaba cocinar”, dice el dueño de casa con voz temblorosa y una mirada perdida tras sus grandes anteojos ópticos. Su pelo es largo y blanco, usa bigotes y ropa ligera, especial para trabajar en su taller de dos pisos, donde asegura que “nunca les voy a perdonar a los militares lo que hicieron con mi compadre”. Lo extraño es que pese a su acérrima postura, conserva en su lugar de trabajo una foto donde su nieto, Felipe García Tapia, de unos 10 años, está sentado en el mismo sillón del despacho de Augusto Pinochet Ugarte, el hombre que sentenció el destino de su mejor amigo.
Ana Guerrero suele ir todos los fines de semana a la casa de San Alfonso. Casi siempre los acompaña Loreto con alguno de sus tres hijos. Madre e hija son profesoras del Colegio Apoquindo de Lo Barnechea, lo que les impide ver a Elwin durante la semana. Ana tiene el pelo café claro, cortado hasta los hombros y una chasquilla perfectamente delineada que atraviesa la mitad de su frente. Es de contextura abultada, a simple vista no supera el metro 60 centímetros, su nariz es gruesa y la boca recta y ancha. Con una voz ronca y firme dice soltando el humo del cigarro: “Nunca le voy a perdonar a la Adriana que nos haya culpado como encubridores del asesinato de Gerardo”.
***
Uno de los tantos militares que habían invadido la casa de San Alfonso llevaba consigo una máquina de escribir y lo acompañaba su superior. Ambos se acercaron a la mesa del comedor, acomodaron la máquina y tomaron las declaraciones de cada uno de los que habían estado las últimas horas con el coronel Huber. El militar a cargo de ello era Manuel Provis, comandante del Batallón de Inteligencia del Ejército, el mismo que había interrumpido sus vacaciones en el norte por motivos de un trabajo que no le correspondía.
Provis aclaró a sus entrevistados que no podían dar el nombre de Hernán García Pinochet. Proteger ese segundo apellido fue una de las misiones de quienes rodearon a los Polloni durante esos días.
Mientras el comandante tomaba apuntes, Adriana aguardaba sola en una de las piezas. Desde que había vuelto a la casa el 30 en la mañana, no la había dejado salir de la casa ni hablar con nadie. Las pastillas que le dieron ayudaban, lo único que hizo fue dormir y por más que intentaba levantarse, su cuerpo no se lo permitía, y cuando las fuerzas llegaban, otra pastilla la mantenía al margen.
Fue la última en declarar su versión a Provis. Se sentó frente a él y esperó la primera pregunta. Una a una fue respondiéndolas, tratando de recordar en detalle cada hecho. Entre una y otra pregunta, se impresionó por la gran cantidad de militares que había en la casa. Pudo reconocer a Víctor Lizárraga, compañero del coronel en la Escuela Militar, que por esos años ejercía como secretario de coordinación de la Dirección de Inteligencia del Ejército (DINE). También recuerda a Carlos Krumm, encargado, como Lizárraga, de controlar quién podía entrar a la casa.
Tras responder una serie de preguntas, la máquina de escribir soltó el último papel. Provis le pidió que firmara para validar la declaración, pero antes de hacerlo, y aún bajo los efectos de los medicamentos, la esposa del coronel Huber revisó los escritos y advirtió que éstos no coincidían con lo que ella había relatado. “Yo no voy a firmar esto, jamás dije que mi marido se había suicidado”, le reprochó enfurecida, mirando fijamente a su entrevistador, quien insistió sin obtener los resultados deseados.
Los días, como la investigación, avanzaban lentos. Carabineros rastreó junto a un grupo de perros más de una vez el río Maipo sin éxito, razón por la cual se acercaron hasta la casa de Ana para pedir la ropa de Huber y de esta manera, que los perros pudieran buscarlo. La dueña de casa recordó que aún su ropa estaba en una de las piezas, donde se cambió antes de salir por última vez. Se la entregó a los uniformados, pero dijo que ella los acompañaría para asegurarse del uso que le darían. Cuando llegaron al puente, los carabineros refregaron la ropa de Gerardo Huber en el hocico de los perros.
Tanto Ana como el resto de la gente que estaba en el puente, esperaban que en el momento de soltar a los perros, éstos corrieran en dirección al río, pero no fue así: los animales partieron hacia el cerro. Desde el puente donde luego encontrarían al coronel Huber, salía un camino que conectaba el pueblo de Pirque con el de San José de Maipo. En el primero, estaban las instalaciones del Batallón de Inteligencia del Ejército, uno de los tres lugares donde Gerardo Huber posiblemente estuvo secuestrado durante los 20 días en que su familia, amigos, militares, Carabineros e Investigaciones buscaron sin resultados.
El 6 de febrero, casi dos semanas antes de su hallazgo, Adriana decidió volver a Santiago junto a sus hijos mayores. A José Ignacio lo mandó a la casa de Clina, en Linares, para que estuviera más tranquilo. Quería volver porque había escuchado rumores sobre la presencia de personas extrañas en su casa. “Me decían que revisaban hasta el refrigerador en busca de ciertas fotos que eran parte de los documentos que guardaba Gerardo”, recuerda.
Al llegar, constató que los rumores eran reales; su casa había sido registrada de punta a punta y estaba totalmente desordenada. No se trataba de un robo porque todo estaba ahí. De vez en cuando llegaban militares preguntando por unos papeles que tenía el coronel Huber y que era necesario encontrar. Después de unos días, Adriana comprendió que buscaban los mismos papeles que su marido había quemado frente a ella, un mes atrás en el patio de su casa. “Muchos no me creían que los había destruido, pero Gerardo se encargó de que todos viéramos que eliminaba los documentos, incluso rompió negativos de fotos y le encargó a Astrid que los botara en un basurero cercano a la rotonda Atenas”, cuenta Adriana.
No pasó mucho tiempo sola porque llegó a su casa de calle Vizcaya, en Las Condes, su amigo Julio Muñoz, quien había estado junto a ella todos los días después del 30 lamentando la desaparición de su compadre Gerardo Huber. Adriana recuerda que, tal como lo hizo en San Alfonso, Julio tomó el control de todo. “Llegaba muy temprano y se iba como a las 11 o 12 de la noche. Controlaba todo lo que hacíamos, decidía quién podía visitarnos y a dónde podíamos ir”, dice.
Febrero comenzaba lento. Militares, policías e incluso desconocidos ejercían un control cada vez más agobiante sobre lo que hacía Adriana y su familia. Clina Polloni, que se encontraba en Linares junto a José Ignacio, recuerda que antes del hallazgo de su cuñado, su padre la llamó para advertirle que recibiría una visita extraña y que debía esconder de inmediato a José Ignacio. Minutos después se estacionaron dos autos frente a su casa del fundo Ravones. En uno venía Manuel Provis de copiloto y en el segundo Julio Muñoz y Jorge Polloni.
Muñoz y Provis estaban ahí por dos razones. La primera y la más importante era la urgencia por encontrar unos papeles que Huber debía haber guardado en algún lugar. La segunda, llevarse a José Ignacio a Santiago, argumentando que el menor necesitaba asistencia sicológica para enfrentar la muerte de su padre o, como Provis testificaría años más tarde en la investigación judicial, la visita también se debía a que el pequeño podía manejar información privilegiada sobre el Caso Armas, porque fue la persona con la que Gerardo Huber pasó más tiempo antes de su desaparición. Esto, a pesar de que el hijo del coronel sólo tenía seis años.
A Clina le llamó la atención el argumento de los militares; se supone que todavía no se sabía qué había pasado con el coronel Huber y aún ella y su familia mantenían la esperanza de que estuviese con vida. Por lo mismo, Clina y su padre se negaron a entregar a José Ignacio y les negaron los documentos, argumentando que Huber los había quemado semanas antes.
No sería la única visita que Clina recibió en el fundo de Linares. Días después, el 15 de febrero, Adriana llegó acompañada de Alex y Astrid en un jeep del Ejército. Durante la tarde también estuvo el coronel Víctor Lizárraga, quien, como los anteriores oficiales, venía en busca de los mismos papeles. Ninguno de los militares que solicitó los documentos se refirió a su contenido, pero a esa altura Adriana ya comprendía su importancia.
Al volver a Santiago, los Huber se encontraron en la casa nuevamente con Julio Muñoz, quien permanecía junto a otros militares consignando cada paso que realizaban y cada llamado telefónico que se efectuaba. Adriana recuerda que todos los días recibía la visita del coronel Krumm en su casa, quien antes de conversar en privado con Muñoz “se acercaba, me saludaba y me contaba un chiste, que según él servía para subirme el ánimo”, comenta hoy día en el patio de la misma casa que tiene desde el año 1977.
Los días para Adriana se volvieron repetitivos, entre los informes de Julio por teléfono, los chistes de Krumm y los militares que entraban y salían de la casa. Unos en busca de los papeles, otros presionándola para que sus hijos vieran a un sicólogo o para asegurarse de que tomaran los ansiolíticos que intentaban embutirles a toda costa. Sin embargo, esa rutina se quebró el 20 de febrero, horas antes de la llamada de Víctor Lizárraga a Adriana, a propósito de la ropa que Huber usó por última vez.
El quiebre se vio reflejado con otro contacto telefónico, pero esta vez entre el mayor Barrientos y Carlos Huber, hermano del coronel.
-Aló, ¿con Carlos Huber? –preguntó Barrientos en voz baja, en señal de respeto.
-Habla con Carlos Huber.
-Don Carlos, soy el mayor Barrientos nuevamente.
-Ah, mayor Barrientos –respondió Carlos en el tono fatigado de quien escucha por enésima vez el llamado de una persona en un mismo día -¿Qué novedades hay?
-Eh… negativas, ya está confirmado que es Gerardo –respondió Barrientos manteniendo el tono. Estaba claro que el cuerpo encontrado era el de Gerardo Huber. Su voz demostraba un tono complaciente, como si cerca de él estuvieran los familiares de la víctima.
-¿Es Gerardo? –con falsa calma dudaba el hermano del coronel muerto.
-Sí.
-¿Está confirmado ya?
-Sí, aunque no oficialmente.
Era clara la importancia y el objetivo de la llamada de Víctor Lizárraga a Adriana Polloni, el 20 de febrero de 1992 en la mañana: Lizárraga debía saber qué llevaba puesto Gerardo Huber al salir de la casa de los Tapia la noche de su desaparición. La idea era obvia; si Huber se había suicidado, el cuerpo debía llevar la misma ropa de aquella noche.
Al lugar donde se encontró el cuerpo del coronel (sector de La Obra) llegó un helicóptero de Carabineros que retiró sus restos y los trasladó hasta Santiago. Durante los primeros minutos del hallazgo, el cuerpo de Huber sólo pudo ser analizado por militares. No obstante, luego de una autorización del personal militar, se le permitió al inspector Pedro Gutiérrez de la Brigada de Homicidios examinarlo, siendo la primera persona de la Policía de Investigaciones en verlo. También llegó Octavio Ulloa, perito de Investigaciones, que debía identificar el cuerpo para comprobar que se trataba de la misma persona. Junto a él había personal del Complejo Químico del Ejército ubicado en Talagante, a los que pudo identificar ya que los conocía del Hospital Militar donde trabajaba de vez en cuando.
La espera para él fue mayor, estuvo alrededor de cuatro horas, a unos cuatrocientos metros del cuerpo, sin poder ingresar para realizar su trabajo. Luego llegaron trabajadores del Servicio Médico Legal (SML), quienes alrededor de las 16 horas pudieron trasladar los restos de Gerardo Huber a Santiago.
A pesar del intento de los militares por demostrar que el cuerpo del coronel había estado ahí desde el 29 de enero en la noche, Adriana sabía que esa no era la verdad. Ella intuía que todo era un montaje y estaba en lo cierto, aún más cuando ya sospechaba hasta de sus mejores amigos y de quienes la rodearon desde que su marido desapareció de la casa de los Tapia.
Los antecedentes pericial-criminalísticos recopilados hasta hoy evidencian que el cuerpo de Gerardo Huber, al momento de ser encontrado, tenía sus huellas dactilares borradas con esmeril, sus partes blandas y cuero del cinturón intactas, sin mordeduras de ratones, que por la zona abundan. Además, es imposible que sus lesiones hayan sido provocadas por una caída de gran altura, debido a que solo tenía dos costillas rotas, y el desprendimiento de la masa ósea no pudo haber sido provocada únicamente por el arrastre de las aguas. Las fracturas presentadas en el cráneo de Huber fueron provocadas por un impacto de bala explosiva de grueso calibre, proveniente de un rifle de larga distancia con mira telescópica.
Otra manera que utilizaron los encubridores de este asesinato para validar la tesis del suicidio fue planteando la hipótesis de que por el “síndrome vertiginoso”, el coronel Huber había sufrido una pérdida de equilibrio cayendo a las aguas desde el puente El Toyo. Esa conjetura no es viable debido a que la baranda del puente llega hasta más arriba del ombligo de una persona de 1,70 metros, misma estatura de Gerardo Huber, argumento que por gravedad ya no tiene cabida.
Por último, la presencia de “restos alimenticios sólidos en el estómago”, según se comunicó en el primer informe del SML, significaba que el coronel había comido al menos dos horas antes.
El caso fue caratulado por la investigación judicial militar como muerte, y así mismo permaneció hasta el 2005, a pesar de las pruebas que indicaban la participación de terceros como actores de un homicidio calificado.